sábado, 26 de abril de 2014


DOMINGO, día 27 de Abril


 

 



 

 

 

 


Hechos de los Apóstoles 2, 42-47


 
“... Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones... Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común...”

 CLAVES para la LECTURA

- Según su promesa, Cristo resucitado y ascendido al cielo se queda, no obstante, con los hombres hasta el fin de los tiempos. Sin embargo, su presencia en el tiempo de la Iglesia es diferente a la que tuvo durante su vida terrena. Ahora es el Espíritu Santo, primer don del Resucitado a los creyentes, el que prosigue su obra en la tierra y el que manifiesta el poder de su resurrección en la historia. Por eso transmite Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, como parte esencial de la «Buena Nueva», el relato de los primeros pasos de la comunidad cristiana, animada e impulsada por el Espíritu de Jesús.

 - En el primero de los «compendios» que describen a la Iglesia naciente aparecen las líneas fundamentales de la vida eclesial. Por eso se ha convertido este fragmento en paradigmático para todas las comunidades cristianas. Cuatro son las características que distinguen a los creyentes (v. 42): la asiduidad a la enseñanza de los apóstoles, o sea, el reconocerse necesitados de aprender a vivir como cristianos; la «comunión»: la expresión koinonía -que aparece sólo aquí en la obra lucana- ha de ser entendida como aquella unión de los corazones que se manifiesta también en el reparto concreto de los bienes materiales; la «fracción del pan»: ese gesto, típico de los judíos para iniciar la comida ritual, indica ahora la Eucaristía, el «memorial»; y, por último, la oración.

 - De este modo, la primera comunidad cristiana está totalmente abierta al don del Espíritu, que puede obrar milagros en ella «por medio» de los apóstoles (v. 43). El relato deja aparecer el clima de alegría y de sencillez que nace de una vida de intensa caridad fraterna (v. 44) y de la oración unánime (vv. 46-47a). Y la cosa es tanto más sorprendente por el hecho de que el texto no oculta tampoco fatigas y persecuciones. No se trata, por tanto, de un cuadro utópico; más bien es preciso ver en él el modelo ideal al que hay que conformar-se. El estilo de vida asumido por la Iglesia naciente es en sí mismo testimonio elocuente e irradiador, una evangelización que prepara los ánimos de muchos a recibir la gracia de Dios (v. 47).

 

CLAVES para la VIDA


 - La comunidad, seguidora de la obra de Jesús, está en marcha y de           qué manera. Su estilo de vida es ya signo y forma elocuente de evangelización. Sin duda, sin grandes programa-ciones, pero es su vida y su estilo lo que provoca y “se ganaban el favor de todo el pueblo” (v. 47), haciendo presente todo el proyecto liberador de Jesús. De ahí que su “estilo” se convierte en modélico para cuantos quieran vivir y reproducir “lo original” del mensaje.

 - Así, tanto la asiduidad en las enseñanzas, la comunión de bienes y de vida, la Eucaristía, como la oración... se convierten en el estilo particular que “dan nota” a aquella comunidad, que camina con intensidad en el seguimiento del proyecto de vida, asumido desde Jesús, su Señor. Eso sí, sólo desde la fuerza recibida del Espíritu del mismo Jesús, será posible reali-zar ese estilo de vida y de comunión. ¡Es el camino!

 - No son necesarias grandes teorías y planteamientos para ser signos vivos de evangeliza-ción y de anuncio liberador. Aquí lo descubrimos y... a “ese estilo” somos animados, hoy y aquí. Y si es verdad que los tiempos cambian, también es verdad que es necesario volver a reencontrar la “frescura” del mensaje, y ésta se recupera, sobre todo, en el testimonio de vida, también en nuestro mundo. ¡Claro que ser signos de la sencillez y del compartir intenso de vida no son nada fáciles! Lo sabemos muy bien. Pero... ¡es la propuesta, hermano/a! ¡Buen ánimo!

 

1 Pedro 1, 3-9


 
“... Bendito sea Dios... que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo....”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- Tras una breve presentación del remitente y de los destinatarios (vv. 1s), en la que se ofrece ya un escorzo contemplativo sobre la obra de la salvación realizada por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, la primera carta de Pedro desarrolla el mismo tema, en los vv. 3-12, en forma de bendición solemne. De este modo se introduce a los oyentes en una atmósfera sagrada que ayuda a percibir el inmenso don que representa la vocación bautismal.

 - El Padre, en su inmenso amor, nos ha hecho renacer (Jn 3, 1-15), haciéndonos hijos suyos, a través de la muerte-resurrección de su Hijo unigénito (v. 3a). Este nuevo nacimiento no tiene delante la perspectiva de la muerte, sino «una esperanza viva», una promesa (v. 4) no condicionada por la corruptibilidad de las cosas de este mundo. Su plena posesión está reservada para nosotros «en los cielos», pero tenemos ya desde ahora un «anticipo», una «señal», en la medida en que vamos transformándonos interiormente, en la medida en que pasamos de seres carnales a seres espirituales, por medio de una vida conforme con la fe profesada en el bautismo.

 - Pedro, que se dirige a comunidades cristianas probadas por la persecución, ofrece consuelo y luz para leer el cumplimiento del designio de salvación en medio de las dolorosas situaciones por las que atraviesan. Los sufrimientos no deben convertirse en motivo de escándalo, en piedra de tropiezo, sino en crisol purificador, donde se purifica la fe para ser cada vez más pura y firme (vv. 6s). Esta fe será, en efecto, el documento con el que, el último día, daremos testimonio de nuestro amor a Cristo, mientras que, ya desde ahora, nos proporciona un gozo inefable y radiante en el corazón y nos conduce a la meta: la salvación eterna de las almas (vv. 8s).

 
CLAVES para la VIDA

 
- ¡Hermoso resumen de lo que supone la vocación bautismal y que crea un nuevo modo de ser y de vivir en el cristiano! “Renacer a una esperanza viva, a una herencia incorrupti-ble...” (vv. 3-4) es mucho más que algo teórico o principios doctrinales. Es la nueva situa-ción que supone una transformación “desde la raíz” del ser del cristiano. Y todo ello tiene su fuente y origen en la muerte-resurrección del Hijo amado.

 - “Por ello,  vivís alegres, aunque un poco afligidos ahora...” (v. 6): y es que el seguidor de Jesús comparte el mismo camino que su Señor. Será perseguido y vivirá situaciones dolorosas, pero ahí podrá dar el testimonio de amor de Cristo, el Señor. Participar, pues, la causa de su Señor; compartir, por fidelidad, su mismo caminar... es motivo de gloria y de alabanza. Así, la comunión que alcance con su Señor será plena y total, y para siempre.

 - Compartir plenamente la causa del Señor Jesús; dar testimonio de lo que ha vivido y experimentado, y así “revestirnos” de sus mismos sentimientos y de su estilo de vida... es la propuesta que el apóstol nos sugiere en esta reflexión. Mi seguimiento de Jesús, pues, no es algo teórico sino que implica toda una vida y un estilo de ser y de vivir. Tampoco basta con quedar en una “admiración sentimental”. Implica mucho más: hacer de su amor y de su solidaridad para con todos nosotros (lo hemos vivido hace unos días en la Semana Santa), el EJE de mi vida y la razón de ser de mi caminar, allí donde me encuentre. ¡Todo un inmenso desafío! ¿Lo es también para ti, hermano/a?

 

Evangelio: Juan 20, 19-31


 
“... Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros... Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo... Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos... Luego dijo a Tomás: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo...  Dichosos los que crean sin haber visto...”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- Estos dos episodios, próximos y relacionados con un mismo tema -el de la fe- son, el eco fiel de cuanto ha sucedido en los corazones de los apóstoles tras la muerte de Jesús.

 - En el primero de ellos (vv. 19-22), el Resucitado se aparece a los once, que, a pesar del anuncio de María Magdalena (v. 18), están encerrados todavía en el cenáculo por miedo a los judíos. Jesús supera las barreras que se le interponen: pasa a través de las puertas, manifestando que su condición es completamente nueva, aunque no ha desaparecido nada de los sufrimientos que padeció en la carne. La insistente referencia al costado traspasado de Jesús es propia de Juan, que, de este modo, quiere indicar el cumplimiento de las profecías en Jesús (Ez 47, 1; Zac 12, 10. 14). El tradicional saludo de paz asume también en sus labios un sentido nuevo: de augurio -«la paz esté con vosotros»- se convierte en presencia -«la paz está con vosotros». La paz, don mesiánico por excelencia, que incluye todo bien, es, por tanto, una persona: es el Señor crucificado y resucitado en medio de los suyos («se presentó»: vv. 19b. 26b y, antes, v. 14). Al verlo, los discípulos quedan colmados de alegría y confirmados en la fe. El Espíritu que Jesús sopla sobre ellos, principio de una creación nueva (Gn 2, 7), confiere a los apóstoles una misión que prolonga la suya en el tiempo y en el espacio y les concede el poder divino de liberar del pecado.

 - El segundo cuadro (vv. 24-29) personaliza en Tomás las dudas y el escepticismo que atribuyen los sinópticos, de manera genérica, a «algunos» de los Doce, y que pueden surgir en cualquiera. Tomás ha visto la agonía de su Maestro y se niega a creer ahora en una realidad que no sea concreta, tangible, en cuanto al sufrimiento del que ha sido testigo (v. 25). Jesús condesciende a la obstinada pretensión del discípulo (v. 27), pues es necesario que el grupo de los apóstoles se muestre firme y fuerte en la fe para poder anunciar la resurrección al mundo. Precisamente a Tomás se le atribuye la confesión de fe más elevada y completa: «¡Señor mío y Dios mío!» (v. 28). Aplica al Resucitado los nombres bíblicos de Dios, Yahvé y Elohím, y el posesivo «mío» indica su plena adhesión de amor, más que de fe, a Jesús. La visión conduce a Tomás a la fe, pero el Señor declara, de manera abierta, para todos los tiempos: bienaventurados aquellos que crean por la palabra de los testigos, sin pretender ver. Éstos experimentarán la gracia de una fe pura y desnuda que, sin embargo, es confirmada por el corazón y lo hace exultar con una alegría inefable y radiante (1 Pe 1, 8). Los vv. 30s constituyen la primera conclusión del evangelio de Juan: se trata de un testimonio escrito que no pretende ser exhaustivo, sino sólo suscitar y corroborar la fe en que «Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios» (Mc 1, 1).

 

CLAVES para la VIDA


 
- El proceso de fe de los primeros seguidores de Jesús tampoco fue nada fácil; todas las evidencias hablaban de “otra cosa”. De ahí que ese estar “en una casa con las puertas bien cerradas” (v. 19) es toda una muestra de cuanto estaban viviendo y experimentando en su interior. Sólo la NUEVA presencia del Resucitado y el don de la PAZ es capaz de iluminar y transformar aquella situación confusa, hasta el punto de “llenarse de alegría” por el en-cuentro, nuevo y diferente, con el Señor resucitado. Sólo así es posible el cambio, la nueva visión.

 - Ahí tendrá que llegar, en su proceso de búsqueda, Tomás y cuantos en él se encuentren simbolizados. El sufrimiento vivido por los amigos de Jesús, les ha embotado los ojos y el corazón, y son incapaces de descubrir la NOVEDAD que tienen delante. Sólo el don mesiá-nico de la paz es capaz de recrear el corazón de aquel grupo, hasta el punto de convertirlos en testigos del mismo Señor, prolongando su misma misión de liberar a los hombres de todo tipo de esclavitud y de pecado, causa de todos los males. “Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros” (v. 21): ésa es la TAREA y la MISIÓN.

 - Se me invita a vivir el proceso de búsqueda y de encuentro con el Resucitado, para -de ese modo- recibir el encargo-misión que Él ha iniciado y que desea compartir con todos sus seguidores. El encuentro y la fe lleva al compromiso compartido; no es suficiente quedarse en el “tocar” sus heridas y señales. El “Señor mío y Dios mío” es la transformación más radical de todas las raíces de la vida de una persona. Asumir, pues, esta misión y comprar-tirla con el mismo Señor resucitado es la consecuencia de la Pascua. ¡Estamos EN CAMINO, hermano/a! ¡Ojalá lo deseemos, lo obtengamos y nos sintamos transformados!

sábado, 12 de abril de 2014


DOMINGO DE RAMOS, día 13 de Abril


 
 
 
 

 

 
 
 
 
Isaías 50, 4-7     

           
“... Ofrecí la espalda a los que golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos... Mirad, el Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes... sabiendo que no quedaría defraudado...!

 
CLAVES para la LECTURA

 
- En este “tercer poema del Siervo de Yahvé“, se acentúa el tema del fracaso, que ya estaba presente en Is 49, 1-6: el profeta encuentra hostilidad y persecución, incluso violencia. Su vocación, con rasgos sapienciales, lo califica como un discípulo que, por don y misión del Señor Dios, transmite la Palabra a los descorazonados e indecisos. Sólo si el profeta se manifiesta cada día como un discípulo pronto a escuchar, podrá llegar a ser verdadero maestro: no dispone de la Palabra a su gusto.

 - Consciente desde el principio de las exigencias de su vocación, el Siervo no opone resistencia a Dios; y su pleno consentimiento le hace fuerte y manso de cara a los perseguidores: no se sustrajo a la Palabra, ni se echó atrás ante las injurias y la violencia de los que quisieran acallarla, reduciéndola al silencio (vv. 5s). No le rinde el sufrimiento, ni le desorienta.

 - El profeta confía en la ayuda de Dios; él lo justificará ante los adversarios: ninguno podrá demostrar la culpabilidad de su Siervo, testigo fiel y veraz de la Palabra (vv. 7-9).

 
CLAVES para la VIDA

 
- Hoy se nos ofrece el tercer canto del Siervo (y es que ya estamos en la Semana Santa, donde volveremos a escuchar los diversos cánticos del Siervo). Sigue la descripción poética de la misión del Siervo, pero con una carga más fuerte de oposición, incluso de violencia: “ofrecí la espalda... mesaban mi barba” (v. 6). Desde el comienzo el Siervo es consciente de ello, pero ni así acallarán su voz, porque -también en este canto- la confianza en la ayuda de Dios triunfa sobre todas las dificultades y adversidades: “el Señor me ayuda...” (v. 7).

- Proclamar “una palabra de aliento a los abatidos” (v. 4) es parte de la misión del Siervo. Pero antes “cada mañana me espabila el oído” (v. 4): he ahí el secreto del Siervo, escuchar al mismo Dios, ser su discípulo para luego poder anunciar su mensaje. Ésta es la gran propuesta que creo que se nos ofrece en cada Semana Santa; de ahí que proclamemos estar en su “ESCUELA” y... ¡es que hay tantas lecciones que aprender...!

- Hemos llegado al final de este camino de preparación; estamos a las puertas y tenemos la posibilidad de gustar, aprender, hacer vida todo aquello que es nuclear en nuestra fe y vivencia cristiana. El Siervo es quien camina delante y nos invita: “quien quiera seguirme, tome su cruz y me siga”. ¡Ahí es nada! ¡Ojalá tengamos el valor de aceptar su propuesta! Muy posiblemente no nos arrepentiremos. ¡Cuestión de decisión, hermnao/a!

  

Filipenses  2, 6-11

 
“... Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre...”
 

CLAVES para la LECTURA

 
- Se trata de un magnífico himno cristológico pre­paulino. Complejo en cada una de las expresiones que lo constituyen, puede entenderse a partir de la expre­sión “tesoro celoso” (en castellano “alarde”), en griego harpagmós (v. 6), que literalmente significa “objeto de rapiña”. ¿Qué significado puede tener la afirmación: Cristo, que es de condición (morphé) divina, no consi­dera su igualdad a Dios un objeto de rapiña?

 - Se sobreentiende aquí el parangón con Adán, quien no siendo de tal condición quiso robarla. Pablo propone a la comunidad de Filipos el ejemplo del nuevo Adán, Cristo. Éste aceptó reparar, mediante la humildad y la obedien­cia hasta la muerte más ignominiosa, la soberbia deso­bediencia del primer Adán, que precipitó a todo el género humano en el pecado y la muerte (Rom 5, 18s).

 - Cristo se vació de sí mismo y tomó la condición de es­clavo, que es la nuestra (v. 7), hasta las últimas conse­cuencias. A su voluntario anonadamiento responde la acción de Dios (vv. 9-11), que no sólo “lo ha exaltado”, sino “superexaltado”. Ahora todo el universo está lla­mado a proclamar que Jesucristo es Kyrios, Señor, es decir, Dios, y esta confesión es para gloria del Padre.

 
CLAVES para la VIDA

 
- Como tantas veces, también en ésta, el gran apóstol nos ofrece toda una síntesis de su pensamiento y de su vivencia, donde Cristo Jesús es el CENTRO de todo; pero lo es despojándose de todo tipo de poderío. Ahí radica la fuerza del Mediador, que recibe de Dios Padre, la nueva condición de “Nombre-sobre-todo-nombre”.

 - Es el contrasentido: es SEÑOR haciéndose esclavo y servidor de todos. Es ahí donde recupera para nosotros la nueva realidad, perdida por el “no” de viejo Adán. Desde ahí, en Jesús, todo se hace nuevo para cuantos le acogen y le aceptan como el Señor de sus vidas. Ésta es la lógica que gustosamente acepta el Dios de la Vida.

 - ¡Vaya desafío para nosotros, tantas veces empeñados en otra “lógica” tan diferente! Así es Dios y es agradable a su corazón esa forma de entender la vida y vivirla. ¡Nos queda camino por recorrer! Acercarnos a esa lógica y “entender” ese hermoso misterio del proyecto de amor de Dios es el objetivo. Es necesario seguir esas “huellas” y gustarlo. ¿Qué tal te sientes, hermano/a, ante esta propuesta, tan especial?

 

Relato de la PASIÓN: Mateo 26, 14 – 27, 66

 
“... En aquel tiempo, uno de los doce... ¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego? Ellos ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba bus-cando ocasión propicia para entregarlo... Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro...”

 

CLAVES para la LECTURA


 - La pasión de Jesús es paradójicamente -en la narración de Mateo- la pasión del Hijo del hombre, del Señor de la gloria, del Juez universal destinado a dar cumplimiento a la historia de la humanidad. El evangelista refleja esta contradicción en una narración de intensa, aunque siempre comedida, dramaticidad, manifestada en los detalles propios de su evange-lio (por ejemplo, la desesperación y el suicidio de Judas: 27,3-16) y en la tensión continua entre poder y mansedumbre. El que podría haber recurrido a más de doce legiones de ángeles para librarse de las manos de los hombres se deja capturar inerme (26, 50b-54); calla ante los “grandes” sin utilizar manifestaciones sobrenaturales (27, 14. 19). Su muerte rubrica el paso a una condición totalmente nueva desde el punto de vista religioso, humano y cósmico (27, 50-54); sin embargo, Jesús no es un superhombre.

 - Mateo subraya particularmente su soledad en Getsemaní (triple separación, triple vuelta a los suyos...), la humildad de su oración al Padre (“Si es posible...”) y su confesión a los discípulos, a los que confía no sólo su tristeza mortal, sino también la debilidad de su carne (26, 41b). De acuerdo con la perspectiva de su evangelio, Mateo, más que los otros evangelistas, insiste en el cumplimiento de las Escrituras -explícitamente o por medio de citas- para indicar que la pasión entra de lleno en el plan salvífico de Dios.

 - A pesar de todo, el pueblo elegido no lo ha comprendido y se hace culpable de la sangre del Inocente (27, 4. 25), esa sangre que sanciona “la nueva y eterna alianza” (26, 28), la única que puede redimir de todo pecado.

 

CLAVES para la VIDA


 
- El camino recorrido a través del tiempo cuaresmal nos ha llevado a este momento culminante: estamos participando de la “hora” de Jesús. Todo el proyecto de salvación y de vida de Dios ha llegado hasta este punto y el Siervo, Jesús, nos manifiesta todo el amor “loco” de este Dios, que llega hasta el extremo. Recorrer con Él este tramo final del camino es una necesidad.

 - Aquí se sella la “nueva y eterna Alianza” (26, 28): éste ha sido el empeño de Dios, que, a través de los vericuetos de la historia, ha ido realizando y cumpliendo las promesas realizadas antaño. Él cumple su palabra, porque su amor apasionado es en favor de la huma-nidad, y es un compromiso firme. Jesús, con su entrega y pasión, es la expresión más plena y total de toda esa historia de la salvación. Las alianzas anteriores ahora adquieren todo su sentido; pero esta nueva alianza es la definitiva, aunque sea sellada en el anonadamiento y en la humillación.

 - Mirar y contemplar todo esto con los ojos abiertos y, sobre todo, con el corazón es... ¡NECESARIO! Sólo así podremos “entender” un poco más el corazón del mismo Dios, sus “sueños” de amor y su voluntad firme en la realización de sus planes de vida. ¡Hermosa y nueva oportunidad para poder vivir maravillados (“txundituta”, lo diríamos en euskera de forma muy bonita) cuanto acontece! Hermano/a, iniciamos esta gran semana y... ¡no pode-mos desaprovechar la ocasión! Buen ánimo y... ¡suerte!

sábado, 5 de abril de 2014


DOMINGO, día 6 de Abril

 



                                        














 

 

 

 

 

 

Ezequiel 37, 12-14        


 
“... Esto dice el Señor: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor. Os infundiré mi espíritu y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago...”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- El fragmento de Ezequiel está compuesto por dos partes: una visión (vv. 1-10) y su explicación (vv. 11-14) (Nota: en la liturgia de hoy, sólo se lee la segunda parte; conviene leer la primera parte para entender, mejor  y en su profundidad, el texto proclamado).

 - El profeta es trasladado a un valle, probablemente el situado en la región de Quebar (Babilonia), donde vivían los israelitas exiliados. El espectáculo que se despliega ante sus ojos es sumamente desolador: un enorme montón de huesos secos y resquebrajados (vv. 2ss). A la pregunta, aparentemente absurda, del Señor sobre si podrán revivir aquellos huesos, le da Ezequiel una respuesta discreta y llena de confianza: «Señor, tú lo sabes» (v. 3b). Dios lo puede todo, todo depende de su voluntad. Entonces le ordena el Señor profetizar sobre los huesos. Los restos de seres humanos deben «oír» ahora la palabra divina y «saber» que él es el Señor (v. 4).

 - Viene después la explicación -es el Señor quien la da explícitamente-: los huesos son los exiliados, privados de vida y de esperanza (vv. 11ss). El Señor los llama con ternura «pueblo mío» y, frente a su desconfianza, les asegura que llevará a cabo el prodigio de su restauración. A la imagen de los huesos vueltos a la vida se añaden otras para reforzar aún más el poder del Dios de la vida: «Yo abriré vuestras tumbas, os sacaré de ellas» (vv. 12. 13). Hasta en las situaciones de muerte más desesperadas puede hacer nacer el Señor nueva vida. Dios «no es un Dios de muertos, sino de vivos» (Mc 12, 37) y «nada es imposible para Dios» (Lc 1, 37). Al final, es el Señor mismo quien da la respuesta a la pregunta planteada al profeta: «¿Podrán revivir estos huesos?» (v. 3). Sí: «Lo digo y lo hago» (v. 14).

 

CLAVES para la VIDA


 
- ¡Inmensa “estampa” la que ofrecen los huesos secos de la parábola y que nos presenta el profeta! Todo un símbolo del pueblo de Israel en el destierro, con el Templo de Jerusalén también destruido, después de la segunda deportación. Pero es aquí donde el profeta recibe el mandato de pronunciar sobre ellos la Palabra de parte de Dios, recibiendo nuevamente espíritu de vida. Aunque todo está totalmente muerto, la Palabra es eficaz y Dios es Dios de vida. Es el núcleo del mensaje.

 - “Lo digo y lo hago” (v. 14): ésta es la fuerza de la decisión de Dios; Él mismo en persona va a obrar la transformación de aquella situación caótica. Y es que Israel ha olvidado fácilmente, pero su Dios es el Dios de la vida y sus proyectos son siempre creadores de vida. Ahora renueva esas promesas y las va a cumplir, y los “huesos secos” (Israel) tendrán vitalidad nueva, porque... “os infundiré mi Espíritu y viviréis...”.

 - ¡Hermosa parábola para ofrecernos lo nuclear de nuestra fe y que, ahora, se me ofrece a mí, a nosotros! ¡En cuántos momentos, nuestros huesos (o nuestras vidas) pueden encontrar-se “secos”, sin vida y el mismo Dios actúa con fuerza y transforma nuestra realidad pobre e impotente! Abrirme a su palabra de vida... ¡es una NECESIDAD! Sólo así su Espíritu residirá en mí, haciendo nuevas todas las cosas ¿De acuerdo, hermano/a?

  

Romanos 8, 8-11

 
“... Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros...”

 

CLAVES para la LECTURA

 
- En su Carta a los Romanos pone Pablo de relieve el carácter dramático de la condición humana, una condición sometida a la esclavitud del pecado (7, 14b-25). Para indicar esta fragilidad congénita a la naturaleza emplea el término «carne», vertido en nuestra traducción por «apetitos». Los que se dejan dominar por este principio no pueden agradar a Dios, puesto que «el propósito de la carne es enemistad contra Dios» (v. 7 al pie de la letra).

 - ¿Cómo escapar entonces de la ira divina? Hay otro principio que mora y actúa en los bautizados: el Espíritu Santo. El bautismo nos hace morir al pecado (6, 3-6) para sumergir-nos en la muerte salvífica de Cristo (vv. 3s). Es tarea del cristiano, por consiguiente, dejar que actúe en él cada día el dinamismo de la muerte -al pecado- inherente al bautismo, para vivir cada vez más de la misma vida de Dios (vv. 10-12).

 - Es el Espíritu quien hace al hombre hijo adoptivo de Dios, insertándolo en la filiación única de Cristo. Ahora bien, esta realidad no se lleva a cabo en un solo momento. Es un germen que se va desarrollando a diario en la medida en que se muestra dócil a su «guía». En el centro de la carta aparece por primera vez esta espléndida definición de los cristianos: «Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios», que por eso son hijos de Dios (v. 14). El Espíritu confirma interiormente esta nueva adopción, dando la libertad de orar a Dios con la misma confianza que Jesús, con su misma invocación filial (vv. 15s), y abriendo el horizonte ilimitado de la nueva condición: el que es hijo es también heredero del Reino de Dios junto con Cristo, primogénito entre los hermanos.

 

CLAVES para la VIDA

 
- Este gran testigo y, además, animador de las comunidades cristianas que es Pablo, nos introduce en el meollo de la condición humana, en sí misma con notas dramáticas, pero -a la vez- gracias a Cristo Jesús y su acción salvífica, una realidad humana transformada hasta en su misma raíz y condición: la enemistad con Dios se ha truncado en la adopción como hijos por parte de Dios. El cristiano es llamado a gustar, disfrutar y trabajar, cada día, esta nueva condición.

 - Porque la nueva situación está como en germen, en lo más profundo del ser humano, y como don del bautismo. Ahora es necesario... “dejarse guiar por el Espíritu de Dios” (v. 11). Ésta es la clave y es también la tarea, ya que ese Espíritu hará que, donde prevalecía la fragilidad y la caducidad, surja el hombre nuevo que vive según el Evangelio y obre el querer divino, como el mismo Jesús que vivió y obró. Así se realizará la obra de salvación EN PLENITUD.

 - Se nos sigue proponiendo algo hermoso e inmenso en esta recta final de la Cuaresma, si nos imbuimos del estilo de ser y de vivir del mismo Jesús, a quien queremos acompañarle en este trance que Él se dispone a vivir. Dejarme “guiar” por su misma fuerza y Espíritu es la condición para validar todo y pasar de las grandes formulaciones a la realidad concreta y a la nueva situación que se nos plantea: ser hijos, con todas las consecuencias y, también, con todas las ventajas. ¿Cómo estás de ánimos, hermano/a? ¿No crees que merece la pena?

  

Evangelio: Juan 11, 1-45

 
“... Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado... Y dijo Marta a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano... Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre... Y dicho esto, gritó con voz potente: Lázaro, ven afuera...”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- La perícopa de la “resurrección de Lázaro”, que prepara directamente los acontecimientos pascuales, explícita uno de los aspectos fundamentales de la cristología joanea. En un crescendo lento, en el relato se pasa de la narración de la enfermedad (vv. 1-6), la muerte y la sepultura (vv. 7-37) hasta la resurrección al cuarto día (vv. 38-44). Entre líneas aparece la humanidad llena de ternura de Jesús -que no reprime las lágrimas ni los sollozos (vv. 33. 35)-, la confidencialidad de la amistad (vv. 21-24. 32. 39s) y el misterio de la filiación divina (vv. 4-6. 14-15. 41s).

 - El “credo” de Marta sintetiza magistralmente esta rica realidad: “Señor... tú eres el Mesías (el mesías esperado en el judaísmo), el Hijo de Dios (título cristológico helenístico), el que tenía que venir al mundo (ho erchómenos vibrante de espera escatológica)”. El punto más revelador aparece en los vv. 25s, lapidario como la revelación del nombre de “Yahvé” del que es una explicación: “Yo soy la resurrección y la vida”.

 - El potente grito con que Jesús llama a Lázaro (v. 43) tiene la fuerza de la llamada a la vida del primer Adán (Gn 2, 7) y, a la vez, el dramatismo de la emisión del Espíritu por parte del nuevo Adán en la cruz (Lc 23, 46). En la “casa de aflicción” o “casa del pobre” (esto significa “Betania”), efectivamente “Yahvé ayuda”, según el significado del nombre “Lázaro”. ¿Cómo? Dándose misericordiosamente a sí mismo y dando su vida como medicina de inmortalidad.

 
CLAVES para la VIDA

 
- Se da una conexión progresiva en los grandes textos (“catequesis”) de Juan, leídos y proclamados a lo largo de los últimos domingos de Cuaresma. Después de haber hablado del don de Dios, el agua viva (pasaje de la Samaritana); Jesús, verdadera luz, que ha abierto los ojos al ciego de nacimiento (y anunciados en el Bautismo), hoy se nos propone otra acción simbólica con consecuencias inmensas: la vida nueva e imperecedera (relato de la resurrección de Lázaro). Es el CAMINO que no ofrece la liturgia

 - “Yo soy la resurrección y la vida”: es la gran proclamación y la revelación del mismo Señor Jesús. Ahora toda la historia de la salvación alcanza su plenitud y todo queda iluminado y en todas sus facetas. Incluso el mayor enemigo, que es la muerte, ha sido vencido desde la entrega. De ahí que en Jesús vence el amor, no salvándose a sí mismo, sino entregándose hasta la muerte. Y éste se convertirá en la ley fundamental del cristiano: el amor, para vencer, debe saber perder, como Jesús mismo.

  - Hemos llegado ya al culmen de este proceso cuaresmal, de profundización y de descubri-miento del misterio, del bueno: en Jesús se nos ofrece la plenitud, la vida y una vida impere-cedera. Es cuestión de abrirme a su don, que es el don de Dios mismo. Ésta es, pues, la última y definitiva palabra. Hermano/a: hemos caminado junto a Él; le hemos visto y escuchado; nos hemos entusiasmado con sus “señales” y su mensaje. ¿Estoy ahora dispues-to/a a acoger su llamada del “Ven afuera” (como a Lázaro), y vivir como hombres/mujeres que ha experimentado el “soplo de vida” que sólo Él es capaz de dar y de regalar? ¡Ojalá sea así! ¡Ojalá!