sábado, 26 de abril de 2014


DOMINGO, día 27 de Abril


 

 



 

 

 

 


Hechos de los Apóstoles 2, 42-47


 
“... Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones... Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común...”

 CLAVES para la LECTURA

- Según su promesa, Cristo resucitado y ascendido al cielo se queda, no obstante, con los hombres hasta el fin de los tiempos. Sin embargo, su presencia en el tiempo de la Iglesia es diferente a la que tuvo durante su vida terrena. Ahora es el Espíritu Santo, primer don del Resucitado a los creyentes, el que prosigue su obra en la tierra y el que manifiesta el poder de su resurrección en la historia. Por eso transmite Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, como parte esencial de la «Buena Nueva», el relato de los primeros pasos de la comunidad cristiana, animada e impulsada por el Espíritu de Jesús.

 - En el primero de los «compendios» que describen a la Iglesia naciente aparecen las líneas fundamentales de la vida eclesial. Por eso se ha convertido este fragmento en paradigmático para todas las comunidades cristianas. Cuatro son las características que distinguen a los creyentes (v. 42): la asiduidad a la enseñanza de los apóstoles, o sea, el reconocerse necesitados de aprender a vivir como cristianos; la «comunión»: la expresión koinonía -que aparece sólo aquí en la obra lucana- ha de ser entendida como aquella unión de los corazones que se manifiesta también en el reparto concreto de los bienes materiales; la «fracción del pan»: ese gesto, típico de los judíos para iniciar la comida ritual, indica ahora la Eucaristía, el «memorial»; y, por último, la oración.

 - De este modo, la primera comunidad cristiana está totalmente abierta al don del Espíritu, que puede obrar milagros en ella «por medio» de los apóstoles (v. 43). El relato deja aparecer el clima de alegría y de sencillez que nace de una vida de intensa caridad fraterna (v. 44) y de la oración unánime (vv. 46-47a). Y la cosa es tanto más sorprendente por el hecho de que el texto no oculta tampoco fatigas y persecuciones. No se trata, por tanto, de un cuadro utópico; más bien es preciso ver en él el modelo ideal al que hay que conformar-se. El estilo de vida asumido por la Iglesia naciente es en sí mismo testimonio elocuente e irradiador, una evangelización que prepara los ánimos de muchos a recibir la gracia de Dios (v. 47).

 

CLAVES para la VIDA


 - La comunidad, seguidora de la obra de Jesús, está en marcha y de           qué manera. Su estilo de vida es ya signo y forma elocuente de evangelización. Sin duda, sin grandes programa-ciones, pero es su vida y su estilo lo que provoca y “se ganaban el favor de todo el pueblo” (v. 47), haciendo presente todo el proyecto liberador de Jesús. De ahí que su “estilo” se convierte en modélico para cuantos quieran vivir y reproducir “lo original” del mensaje.

 - Así, tanto la asiduidad en las enseñanzas, la comunión de bienes y de vida, la Eucaristía, como la oración... se convierten en el estilo particular que “dan nota” a aquella comunidad, que camina con intensidad en el seguimiento del proyecto de vida, asumido desde Jesús, su Señor. Eso sí, sólo desde la fuerza recibida del Espíritu del mismo Jesús, será posible reali-zar ese estilo de vida y de comunión. ¡Es el camino!

 - No son necesarias grandes teorías y planteamientos para ser signos vivos de evangeliza-ción y de anuncio liberador. Aquí lo descubrimos y... a “ese estilo” somos animados, hoy y aquí. Y si es verdad que los tiempos cambian, también es verdad que es necesario volver a reencontrar la “frescura” del mensaje, y ésta se recupera, sobre todo, en el testimonio de vida, también en nuestro mundo. ¡Claro que ser signos de la sencillez y del compartir intenso de vida no son nada fáciles! Lo sabemos muy bien. Pero... ¡es la propuesta, hermano/a! ¡Buen ánimo!

 

1 Pedro 1, 3-9


 
“... Bendito sea Dios... que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo....”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- Tras una breve presentación del remitente y de los destinatarios (vv. 1s), en la que se ofrece ya un escorzo contemplativo sobre la obra de la salvación realizada por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, la primera carta de Pedro desarrolla el mismo tema, en los vv. 3-12, en forma de bendición solemne. De este modo se introduce a los oyentes en una atmósfera sagrada que ayuda a percibir el inmenso don que representa la vocación bautismal.

 - El Padre, en su inmenso amor, nos ha hecho renacer (Jn 3, 1-15), haciéndonos hijos suyos, a través de la muerte-resurrección de su Hijo unigénito (v. 3a). Este nuevo nacimiento no tiene delante la perspectiva de la muerte, sino «una esperanza viva», una promesa (v. 4) no condicionada por la corruptibilidad de las cosas de este mundo. Su plena posesión está reservada para nosotros «en los cielos», pero tenemos ya desde ahora un «anticipo», una «señal», en la medida en que vamos transformándonos interiormente, en la medida en que pasamos de seres carnales a seres espirituales, por medio de una vida conforme con la fe profesada en el bautismo.

 - Pedro, que se dirige a comunidades cristianas probadas por la persecución, ofrece consuelo y luz para leer el cumplimiento del designio de salvación en medio de las dolorosas situaciones por las que atraviesan. Los sufrimientos no deben convertirse en motivo de escándalo, en piedra de tropiezo, sino en crisol purificador, donde se purifica la fe para ser cada vez más pura y firme (vv. 6s). Esta fe será, en efecto, el documento con el que, el último día, daremos testimonio de nuestro amor a Cristo, mientras que, ya desde ahora, nos proporciona un gozo inefable y radiante en el corazón y nos conduce a la meta: la salvación eterna de las almas (vv. 8s).

 
CLAVES para la VIDA

 
- ¡Hermoso resumen de lo que supone la vocación bautismal y que crea un nuevo modo de ser y de vivir en el cristiano! “Renacer a una esperanza viva, a una herencia incorrupti-ble...” (vv. 3-4) es mucho más que algo teórico o principios doctrinales. Es la nueva situa-ción que supone una transformación “desde la raíz” del ser del cristiano. Y todo ello tiene su fuente y origen en la muerte-resurrección del Hijo amado.

 - “Por ello,  vivís alegres, aunque un poco afligidos ahora...” (v. 6): y es que el seguidor de Jesús comparte el mismo camino que su Señor. Será perseguido y vivirá situaciones dolorosas, pero ahí podrá dar el testimonio de amor de Cristo, el Señor. Participar, pues, la causa de su Señor; compartir, por fidelidad, su mismo caminar... es motivo de gloria y de alabanza. Así, la comunión que alcance con su Señor será plena y total, y para siempre.

 - Compartir plenamente la causa del Señor Jesús; dar testimonio de lo que ha vivido y experimentado, y así “revestirnos” de sus mismos sentimientos y de su estilo de vida... es la propuesta que el apóstol nos sugiere en esta reflexión. Mi seguimiento de Jesús, pues, no es algo teórico sino que implica toda una vida y un estilo de ser y de vivir. Tampoco basta con quedar en una “admiración sentimental”. Implica mucho más: hacer de su amor y de su solidaridad para con todos nosotros (lo hemos vivido hace unos días en la Semana Santa), el EJE de mi vida y la razón de ser de mi caminar, allí donde me encuentre. ¡Todo un inmenso desafío! ¿Lo es también para ti, hermano/a?

 

Evangelio: Juan 20, 19-31


 
“... Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros... Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo... Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos... Luego dijo a Tomás: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo...  Dichosos los que crean sin haber visto...”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- Estos dos episodios, próximos y relacionados con un mismo tema -el de la fe- son, el eco fiel de cuanto ha sucedido en los corazones de los apóstoles tras la muerte de Jesús.

 - En el primero de ellos (vv. 19-22), el Resucitado se aparece a los once, que, a pesar del anuncio de María Magdalena (v. 18), están encerrados todavía en el cenáculo por miedo a los judíos. Jesús supera las barreras que se le interponen: pasa a través de las puertas, manifestando que su condición es completamente nueva, aunque no ha desaparecido nada de los sufrimientos que padeció en la carne. La insistente referencia al costado traspasado de Jesús es propia de Juan, que, de este modo, quiere indicar el cumplimiento de las profecías en Jesús (Ez 47, 1; Zac 12, 10. 14). El tradicional saludo de paz asume también en sus labios un sentido nuevo: de augurio -«la paz esté con vosotros»- se convierte en presencia -«la paz está con vosotros». La paz, don mesiánico por excelencia, que incluye todo bien, es, por tanto, una persona: es el Señor crucificado y resucitado en medio de los suyos («se presentó»: vv. 19b. 26b y, antes, v. 14). Al verlo, los discípulos quedan colmados de alegría y confirmados en la fe. El Espíritu que Jesús sopla sobre ellos, principio de una creación nueva (Gn 2, 7), confiere a los apóstoles una misión que prolonga la suya en el tiempo y en el espacio y les concede el poder divino de liberar del pecado.

 - El segundo cuadro (vv. 24-29) personaliza en Tomás las dudas y el escepticismo que atribuyen los sinópticos, de manera genérica, a «algunos» de los Doce, y que pueden surgir en cualquiera. Tomás ha visto la agonía de su Maestro y se niega a creer ahora en una realidad que no sea concreta, tangible, en cuanto al sufrimiento del que ha sido testigo (v. 25). Jesús condesciende a la obstinada pretensión del discípulo (v. 27), pues es necesario que el grupo de los apóstoles se muestre firme y fuerte en la fe para poder anunciar la resurrección al mundo. Precisamente a Tomás se le atribuye la confesión de fe más elevada y completa: «¡Señor mío y Dios mío!» (v. 28). Aplica al Resucitado los nombres bíblicos de Dios, Yahvé y Elohím, y el posesivo «mío» indica su plena adhesión de amor, más que de fe, a Jesús. La visión conduce a Tomás a la fe, pero el Señor declara, de manera abierta, para todos los tiempos: bienaventurados aquellos que crean por la palabra de los testigos, sin pretender ver. Éstos experimentarán la gracia de una fe pura y desnuda que, sin embargo, es confirmada por el corazón y lo hace exultar con una alegría inefable y radiante (1 Pe 1, 8). Los vv. 30s constituyen la primera conclusión del evangelio de Juan: se trata de un testimonio escrito que no pretende ser exhaustivo, sino sólo suscitar y corroborar la fe en que «Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios» (Mc 1, 1).

 

CLAVES para la VIDA


 
- El proceso de fe de los primeros seguidores de Jesús tampoco fue nada fácil; todas las evidencias hablaban de “otra cosa”. De ahí que ese estar “en una casa con las puertas bien cerradas” (v. 19) es toda una muestra de cuanto estaban viviendo y experimentando en su interior. Sólo la NUEVA presencia del Resucitado y el don de la PAZ es capaz de iluminar y transformar aquella situación confusa, hasta el punto de “llenarse de alegría” por el en-cuentro, nuevo y diferente, con el Señor resucitado. Sólo así es posible el cambio, la nueva visión.

 - Ahí tendrá que llegar, en su proceso de búsqueda, Tomás y cuantos en él se encuentren simbolizados. El sufrimiento vivido por los amigos de Jesús, les ha embotado los ojos y el corazón, y son incapaces de descubrir la NOVEDAD que tienen delante. Sólo el don mesiá-nico de la paz es capaz de recrear el corazón de aquel grupo, hasta el punto de convertirlos en testigos del mismo Señor, prolongando su misma misión de liberar a los hombres de todo tipo de esclavitud y de pecado, causa de todos los males. “Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros” (v. 21): ésa es la TAREA y la MISIÓN.

 - Se me invita a vivir el proceso de búsqueda y de encuentro con el Resucitado, para -de ese modo- recibir el encargo-misión que Él ha iniciado y que desea compartir con todos sus seguidores. El encuentro y la fe lleva al compromiso compartido; no es suficiente quedarse en el “tocar” sus heridas y señales. El “Señor mío y Dios mío” es la transformación más radical de todas las raíces de la vida de una persona. Asumir, pues, esta misión y comprar-tirla con el mismo Señor resucitado es la consecuencia de la Pascua. ¡Estamos EN CAMINO, hermano/a! ¡Ojalá lo deseemos, lo obtengamos y nos sintamos transformados!

No hay comentarios:

Publicar un comentario