sábado, 12 de octubre de 2013


DOMINGO, día 13 de Octubre                                   


 
2 Reyes 5, 14-17

 
“… Y su carne quedó limpia de la lepra, como la de un niño. Volvió con su comitiva al hombre de Dios y se le presentó diciendo: Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel. Y tú acepta un presente de tu servidor. Contestó Eliseo: Juro por Dios, a quien sirvo, que no aceptaré nada…”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- Naamán, jefe del ejército de Aram, enemigo de Israel, siguiendo las indicaciones de una joven hebrea, esclava suya, va a Samaría. Allí el profeta Eliseo le manda sumergirse siete veces en el río Jordán, si quiere curarse de la lepra. Aunque primero se muestra reticente, Naamán se pliega después a la reflexión de sus siervos y sigue la orden del hombre de Dios. De este modo, obtiene no sólo la desaparición de la enfermedad, sino que su piel queda como la de un niño.

 - Entonces vuelve donde Eliseo y le dice: «Reconozco que no hay otro Dios en toda la tierra, fuera del Dios de Israel» (v. 15). Es el punto culminante del relato. El milagro tenía como fin obtener esta confesión de fe. El orgulloso adversario del ejército enemigo se ve obligado a reconocer que hay un único Dios y es el de Eliseo.

 - El profeta no acepta ninguna recompensa, porque los dones de Dios son gratuitos y han de ser concedidos de manera gratuita. Sin embargo, da su consentimiento para que Naamán se lleve consigo un poco de tierra de Israel para continuar reconociendo, una vez que haya vuelto a su patria, al Dios de Israel como único Dios. En efecto, Naamán ya no quiere realizar holocaustos o sacrificios sobre una tierra en la que se practica un culto idolátrico: por eso se lleva con él tierra pura para honrar sobre ella al Dios verdadero, al que ha conocido en Israel y al que pretende ser fiel a partir de ahora.

 

CLAVES para la VIDA

- Una vez más, el autor sagrado es capaz de descubrir en un hecho histórico, acaecido a alguien ajeno y enemigo de Israel, la mano salvadora de su Dios. Y es que, por más que prevalece la preferencia de Dios por su pueblo, el don de la salvación y de la vida es algo universal, que no tiene fronteras. Y en esa acción salvífica, Dios se sirve de mediaciones pobres, pero que tienen una importancia significativa: la joven cautiva, el profeta Eliseo, los siervos...

 - La enfermedad de la lepra es considerada una maldición, ya que a pesar del poder y capacidades de Naamán, significa separación y marginación, impureza y castigo divino; esto es, una situación sin salida alguna y sin esperanza. Es aquí, en la situación límite de la vida, en la marginación, donde Dios se hace presente por medio de su profeta. ¡Está claro que para el proyecto salvador de Dios no hay barreras, ni de religión, ni sociales, ni culturales!

 - Esa salvación se desarrollará en plenitud en la presencia liberadora de Jesús de Nazaret, quien quebrará, de manera manifiesta y sorprendente, tantas barreras que imposibilitaban que el don de Dios abarcara a tantas personas, socialmente marginadas (por motivos diversos). Es cuestión de ACOGERLE como el don supremo de Dios y... ¡así alcanzar la plenitud en Él!

 
2 Timoteo 2, 8-13

 
“… Haz memoria de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David. Éste ha sido mi Evangelio, por el que sufro hasta llevar cadenas, como un malhechor… Si morimos con él, viviremos con él. Si perseveramos, reinaremos con él. Si lo negamos, también él nos negará. Si somos infieles, él permanecerá fiel, porque no puede negarse a sí mismo…”

  

CLAVES para la LECTURA

 
- El apóstol Pablo se encuentra en Roma, «encadenado como malhechor» a causa del Evangelio. Escribe a su fiel discípulo Timoteo exhortándole a perseverar en la fe, sea cual sea el precio que deba pagar. Para llevarlo a cabo, debe ser más importante para Timoteo el recuerdo de Jesucristo, «del linaje de David», «resucitado de entre los muertos» (v. 8), que la comparación con el buen soldado, el atleta o el agricultor.

 - La referencia a la casa de David indica la pertenencia de Jesús al pueblo elegido, pero aún más su pertenencia al género humano, premisa de su kénosis, es decir, de su vaciamiento de sí mismo. Afirmar que ha resucitado significa expresar su condición gloriosa y la manifestación de su divinidad. Por el anuncio de este misterio de salvación, expresado aquí en una síntesis lapidaria, sufre Pablo, sin que por ello esté encadenada la Palabra.

 - Sigue una cita, tomada probablemente de un antiguo himno cristiano, en la que se confirma, a través de un uso eficaz del paralelismo semítico, que Jesús «permanece fiel» (v. 13). Nuestra infidelidad, nuestra traición, se estrellan contra la fidelidad y el amor de Cristo, que nunca se cansa de perdonar y de ir en busca del pecador (Lc 15, 4-6).

 

CLAVES para la VIDA

 
- El apóstol, que sufre cadenas a causa de Cristo, vuelve a ofrecer su testimonio de vida, y es que no puede hacer otra cosa. Encontrado por Él en el camino de Damasco, Pablo no puede dejar de anunciar que el centro y el culmen de todo está en Cristo, el Señor, que ahora sigue presente en la comunidad desde su nueva condición de resucitado. De ahí que las cadenas y las mazmorras no pueden acallar la voz del testigo encarcelado, ni mucho menos.

 - Participar de esa nueva realidad del resucitado es el objetivo final: “si morimos con él, viviremos con él”, y ésta es también la garantía, “él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (v. 13). Aquí radica la nueva situación. Y es que Cristo es la palabra definitiva de Dios para con la humanidad. Todas las promesas antiguas alcanzan ya la plenitud y de esta plenitud participa el seguidor de Jesús de Nazaret. Tener clara esta doctrina es necesario para Timoteo, manteniéndose en lo que el apóstol denomina “éste ha sido mi Evangelio” (v. 10).

 - Seguir escuchando atentamente al apóstol; aceptar su testimonio y el anuncia de la Buena Nueva; asumir la absoluta primacía de Cristo en la vida de todo seguidor que se tache como tal… ¡sigue siendo necesario, también hoy! Y, desde ahí, sacar las consecuencias para la vida… ¡es una necesidad! Sólo así podré ser consecuente, hermano/a, de cuanto proclamamos que es Buena Noticia. Por lo tanto, “hacer memoria” es mucho más que un mero recuerdo vago. Más bien, el Señor resucitado es el que lo plenifica todo y da sentido a nuestro caminar.

 

Evangelio: Lucas 17, 11-19      

 
“… Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros. Al verlos, les dijo: Id a presentaros a los sacerdotes. Y mientras iban de camino quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano…Y los otros nueve, ¿dónde están?...”

  

CLAVES para la LECTURA

 
- Este episodio sólo lo recoge Lucas, y lo sitúa durante el viaje de Jesús hacia Jerusalén. Le salen al encuentro diez leprosos, que se mantienen a distancia, tal como prescribe la ley, que los consideraba impuros, desde el punto de vista ritual, y excluidos de la comunidad civil. Hasta de Dios estaban alejados, puesto que su enfermedad era considerada un castigo.

 - Los leprosos, condenados por Dios y por los hombres a la marginación, se dirigen a Jesús, cuyo nombre significa «Dios salva», gritándole: «Ten piedad de nosotros» (v. 13). Se trata de la oración que el israelita piadoso dirige a Yahvé para que se acuerde del pobre y del menesteroso. Su petición es audaz y está llena de confianza; al invocar al Maestro, invocan la vida. Apenas los ve Jesús, los envía al sacerdote, que, según la ley, una vez comprobada la desaparición de la enfermedad, puede iniciar los ritos de purificación que permiten su reingreso en el seno de la comunidad. Y he aquí que, yendo de camino, se curan. Por consiguiente, Jesús muestra que es el Mesías esperado, que habría de eliminar precisamente esta enfermedad. Pero sólo uno, un samaritano, «al verse curado, volvió alabando a Dios en alta voz» (v. 15) y le agradeció a Jesús la curación. El samaritano, el hereje, el no judío, reconoció el poder de Dios en el Maestro, y en Jesús al Mesías esperado, que habría de vencer también la lepra, la enfermedad impura por excelencia.

 - Aquí pone Lucas de relieve la decepción de Jesús, una decepción que se manifiesta en unas preguntas apremiantes que no tienen respuesta en el texto evangélico. Estas preguntas nos interpelan y, en consecuencia, piden nuestra respuesta. «¿No quedaron limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Tan sólo ha vuelto a dar gracias a Dios este extranjero?» (vv. 17ss). Jesús está decepcionado, porque el único que se muestra agradecido no es un judío; los otros dan la impresión de «pretender» la curación por ser miembros del pueblo elegido y, por consiguiente, no se abren a recibir el don del Dios, que, en Jesús, se acerca a cada hombre a fin de hacerle plenamente «vivo» para gloria de Dios. «Levántate, vete; tu fe te ha salvado» (v. 19), dice Jesús al leproso curado. «¡Levántate, resucita!», dice Jesús a todo el que se acerca a él con fe, reconociéndole como el Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

 

CLAVES para la VIDA    


 
- De este relato evangélico, hay dos elementos que, sin duda alguna, el evangelista quiere destacar: uno es que Jesús “de camino hacia Jerusalén” (v. 11), con todo lo que significa de entrega, de cruz y de resurrección; en ese camino va instruyendo a los suyos, presentándoles las claves de la vida y de sufrimiento; ellos comparten el camino con Él, pero en tantas ocasiones, no entienden sus propuestas, su estilo, el que vive y el que les propone.

 - Pero hay, también, un segundo elemento que es significativo: una vez más, la acción misericordiosa y curativa de Jesús es a favor de unos marginados en aquella sociedad (y en tantas otras); un grupo de leprosos son “tocados” por la acción salvadora de Jesús. Pero, eso sí: sólo un extranjero, un “super-marginado” (samaritano para más señas), alcanza la salvación en plenitud y es capaz de reconocer en Jesús el don de la Vida. Él sí que es capaz de volver y reconocer en Jesús la presencia de Dios.

 - Sencilla y hermosa estampa evangélica, pero con preguntas serias para mí, para nosotros, hoy, seguidores de ese Jesús. “Caminando con Él”, con lo que ello supone... ¿qué tal me siento? ¿voy entendiendo su estilo, sus claves, sus propuestas? Es curioso cómo Él se acerca a los más marginados, a los más necesitados... Es su propuesta, hoy, para mí, para nosotros. ¿Dónde nos vamos encontrando tú y yo, hermano/a? ¿Estamos con los más necesitados?

 

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