sábado, 24 de agosto de 2013


DOMINGO, día 25 de Agosto

 

Isaías 66, 18-21

 
“… Así dice el Señor: Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua: vendrán para ver mi gloria, les daré una señal, y de entre ellos despacharé supervivientes a las naciones… De entre ellos escogeré sacerdotes y levitas -dice el Señor-…”

 

CLAVES para la LECTURA

 
- El último capítulo del libro de Isaías pertenece a una unidad literaria que tiene características absolutamente propias. Una de ellas es la gran apertura universalista que caracteriza al proyecto de Dios respecto a la humanidad. De proyecto se trata aquí, en efecto, y, para demostrarlo, en esta página profética todos los verbos están en tiempo futuro: «Inspiraré, vendré, vendrán, contemplarán, pondré, mandaré, anunciarán, traerán, elegiré...».

 - El autor de esta parte del libro profético se pone, por consiguiente, no sólo al servicio de una historia de la salvación que pertenece al pasado, sino que, precisamente a partir de ella, hunde su mirada en un futuro que pertenece únicamente a Dios, pero que, no obstante, irrumpe ya en el presente. Ésta es la actitud que como verdaderos creyentes estamos llamados a asumir cuando leemos y meditamos las profecías del Viejo Testamento.

 - Empleando términos más modernos, se diría que con esta profecía el Señor quiere abrir nuestra mente a las dimensiones de la convivencia interétnica, intercultural e interreligiosa que nos interpela hoy a todos como un auténtico desafío. Ahora bien, lo que importa subrayar, al considerar el problema con los ojos de la fe, es que tal situación no es absolutamente nueva ni debe ser considerada como algo inédito en la historia de la humanidad. Al contrario, corresponde exactamente al proyecto del Dios creador y libertador, que quiere hacer de todos los pueblos un solo pueblo, de todos los hombres una sola familia, de todos los grupos una sola comunidad. Eso únicamente será posible si todos reconocemos que el Señor es el único Dios, que a él se remonta cualquier iniciativa de salvación, que sólo él puede llevar a buen fin los proyectos humanos, haciéndolos converger hacia una única meta.

 

CLAVES para la VIDA

 
- También en esta ocasión, el profeta, con esa mirada y perspectiva de futuro, nos recuerda y ofrece el PROYECTO de Dios, ahora más que nunca abierto a toda la humanidad, y que conlleva una promesa de vida y de plenitud. Así, la historia de la salvación, que tiene sus orígenes en el pasado de este pueblo, ahora recobra todo su vigor y fuerza. Eso sí: ese futuro que presagia y anuncia pertenece únicamente a Dios. Éste es el cuadro que nos propone.

 - Y es que el PROYECTO de Dios es de liberación para Israel y para todos los pueblos de la humanidad, y todos los pueblos son llamados a formar una FAMILIA en torno a ese Dios, que sigue actuando, de forma clara y explícita, en favor de los hombres. La iniciativa siempre es de Dios mismo. “Y de todos los países, como ofrenda al Señor, traerán a vuestros hermanos” (v. 20), es la conclusión que el profeta anuncia a su pueblo. Y es que Dios sigue amando con pasión a este pueblo y eso a pesar de las infidelidades que tantas veces ha sufrido como respuesta a su amor.

 - Meditar estas profecías del viejo libro; acoger como un regalo y con plena validez para nosotros, hoy y aquí, es la propuesta de este texto profético. Y es que el PROYECTO de Dios sigue en pleno vigor. Y si Dios ha dado su palabra en el pasado, saber que también el futuro está en sus manos… es una garantía para nosotros. Desde ahí caminamos. Hermano/a, no estamos abocados al absurdo; nuestra mirada de fe tiene raíces profundas y nos pone mirando al futuro, como algo que depende de Dios mismo. Esta profecía adquiere toda su madurez y plenitud en la persona de Jesús de Nazaret; aquí descansa y radica nuestra garantía.

 
Hebreos 12, 5-7. 11-13

 
“… Porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos. Aceptad la corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues ¿qué padre no corrige a sus hijos? Ningún castigo nos gusta cuando lo recibimos, sino que nos duele; pero da como fruto una vida honrada y en paz…”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- Remitiéndose a una exhortación contenida en el libro de los Proverbios (3, 11ss), el autor de la Carta a los Hebreos formula algunos pensamientos que dejan ver un fin declaradamente pedagógico. No es difícil captar esa pedagogía divina que brota de toda la Biblia, aunque de modo especial de los libros sapienciales. Es ésta una clave de lectura muy importante: con ella podemos comprender que la Escritura no contiene sólo la memoria de la historia de la salvación, sino también un código de comportamiento que procede de esa historia y que le da cumplimiento.

 
- La exhortación apostólica se desarrolla en dos direcciones: en primer lugar, hacia el sentido del sufrimiento humano, en todas sus expresiones. Para quien cree, nada acaece en la vida por casualidad o por necesidad, sino en virtud de una providencia, la cual, aunque en ocasiones resulte difícil identificarla, está, no obstante, siempre presente y activa en la historia de los hombres. Y por «sentido» se entiende aquí tanto significado como orientación. En efecto, todo hombre tiene necesidad de comprender para saber a dónde ir; la orientación de su vida no puede dejar de depender de las convicciones que consigue elaborarse. Dios respeta plenamente esta exigencia nuestra y, también con la Biblia, sale al encuentro de nuestra necesidad de luz y de claridad.

 - En segundo lugar, la exhortación apostólica tiende a dar fuerza y valor a cuantos se encuentran comprometidos todavía en una lucha sin fronteras contra las fuerzas del mal. Nosotros, en efecto, no encontramos sólo momentos de debilidad y de enervamiento, sino que también estamos expuestos al peligro de tomar caminos torcidos, alternativos y que nos desvían. La corrección tiene, en esos casos, un fin altamente terapéutico, como cualquier corrección paterna; y es que, según una ley de la naturaleza, todo hijo tiene la obligación de caminar por el mismo camino, con las mismas intenciones y por los mismos motivos que inspiraron la vida del Padre.

 - Según la enseñanza de la carta, el Señor emplea con cada uno de nosotros una corrección que puede provocarnos, en ese momento, tristeza y dolor, pero que todavía es más capaz de provocar reacciones fuertes y animosas, de dar alegría y de producir frutos de paz y de justicia. Es como decir que la corrección de Dios, cuando es acogida con un corazón filial, sincero y dócil, abre el horizonte a ulteriores etapas en la historia de cada hombre, en vistas a metas cada vez más apetecibles y satisfactorias.

 
CLAVES para la VIDA

 
- El autor sagrado no pretende cargar las tintas y destacar que Dios es un caprichoso, que reprende y castiga de forma indiscriminada. Al contrario, como el padre corrige a su hijo, a fin de que se haga un hombre con convicciones (y esto es algo natural), asimismo Dios pretende siempre buscar que sus hijos se sientan más plenamente hijos. De ahí que en momentos determinados corrija y reprenda a fin de ir creciendo como personas. Es la pedagogía divina, en ocasiones no fácil de aceptar, pero que tiene una perspectiva más amplia que nuestras miras.

 - Además, el autor sagrado exhorta a tomar en serio la responsabilidad por los más débiles de la comunidad: “fortaleced…, robusteced…, caminad…” (vv. 12-13). Esta preocupación por los demás, en orden a la edificación mutua, y el apoyarse y sostenerse mutuamente, es una de las características de esta carta a los Hebreos. Y es que el seguimiento de Jesús y de su estilo requiere de la ayuda de otros hermanos en la fe. No es posible descuidarlo ni dejarlo de lado.

 - Participar en la misma vida de Dios y alcanzar la herencia reservada a los hijos son los objetivos que sugiere y propone el autor de la carta a los Hebreos. Y esto tiene validez, hoy y aquí, para nosotros. Aunque ello suponga ser corregido en determinados momentos y el sufrimiento que conlleva. Hermano/a, el seguir “creciendo” en nuestra vida es una necesidad, aunque suponga esfuerzo. Por eso, caminar convencido de que nada sucede por pura casualidad, sino como fruto de una providencia amorosa… ¡es toda una lección a aprender! Ahí es nada.

 

Evangelio: Lucas 13, 22-30

 

“… Jesús les dijo: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: Señor, ábrenos; y él os replicará: No sé quiénes sois. Entonces comenzaréis a decir: Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas. Pero él os replicará: No sé quiénes sois. Alejaos…”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- La página evangélica de hoy nos presenta dos grandes imágenes que sólo esperan ser interpretadas a la luz del contexto que las envuelve. Por una parte, está la imagen de la puerta estrecha, por la que hemos de esforzarnos en pasar, si queremos entrar; por otra, está la imagen del gran cortejo que se forma desde todas las partes de la tierra hacia aquella ciudad bendita en la que tiene lugar el banquete del Reino de Dios.

 - Con la primera imagen, Jesús no intenta ofrecernos una respuesta directa a los que le han preguntado si «son pocos los que se salvan»; se limita a invitarnos a la lucha, al compromiso, a la resistencia. Y es bastante significativo que, en este contexto, Lucas no pase, como Mateo, de la «puerta estrecha» a la «puerta ancha», sino de la «puerta estrecha» a la «puerta cerrada», con lo que acentúa el carácter dramático de un desenlace que podría revelarse absolutamente negativo. Jesús afirma una vez más con claridad que seguirle por el camino del Evangelio es una cosa muy seria, algo que requiere una opción fundamental y, sobre todo, un esfuerzo continuado. El verbo griego correspondiente a «esforzaos», en modo imperativo además, expresa la idea de lucha, de prontitud y de urgencia. No sólo es menester hacer acopio de todas las energías posibles, sino que no podemos perder ni un segundo de tiempo.

 - La segunda imagen le sirve al evangelista para desarrollar un segundo pensamiento, el que contrapone las pretensiones de unos pocos a la sorpresa de muchos. También aquí detectamos un tono polémico en las palabras de Jesús: ya tuvo que reaccionar otras veces contra la jactancia de los judíos, que se enorgullecían de sus tradiciones y, sobre todo, de su identidad nacional. Y es que para Jesús ya no existe ahora ninguna situación de vida que pueda poner a alguien por encima de otro. Dios mismo no hace acepción de personas (Hch 10, 34; véase también Lc 20, 21). Ni siquiera tiene importancia el conocimiento personal del Jesús terreno; lo único que vale es seguirle con todo el esfuerzo, con plena libertad y con una disponibilidad total. La escena final, tan bien dibujada por esta página evangélica, nos pone ante una gran peregrinación en la que pueden participar todos los que, aunque no tengan vínculos de sangre con Abrahán, han heredado el don de la fe.

 

CLAVES para la VIDA

 
 
- A través de unas imágenes bien plásticas, el Maestro afirma con claridad lo que es importante, lo único importante, al margen de las meras “curiosidades” por las que le preguntan. Lo importante es seguirle por el camino del Evangelio; ésta sí que es una opción seria y fundamental y que afecta a toda la persona, en sus diversas dimensiones. La “puerta estrecha” de la que habla es ésta; y la situación requiere prontitud y urgencia, porque es fundamental para todo seguidor que se tache de tal.

 - Por lo tanto, no es posible conformarse con una especie de “derechos adquiridos” por pertenecer al pueblo elegido y demás (enorme tentación dentro del pueblo de Israel). No basta. Ni siquiera conocer a Jesús; lo único que vale es seguirle con todas las consecuencias, con esfuerzo y plena libertad. Aquí se fundamenta la nueva condición del seguidor y se abre a la pertenencia plena del Reino.

 
 
- No es posible conformarse con interpretaciones sesgadas del relato evangélico. La propuesta de Jesús, el Maestro, es clara y definitiva: es necesario que yo apueste por el Evangelio, haciendo de él el camino de mi vida. Ésta es la puerta estrecha y es necesario no confundirse con “otras cosas”. Hermano/a, ésta es la TAREA para nuestra vida; tarea constante y esforzada, a fin de no quedar fuera del banquete del Reino. “Hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos” (v. 30): no lo podemos olvidar. ¡Buen ánimo!

sábado, 17 de agosto de 2013


DOMINGO, día 18 de Agosto

 

Jeremías 38, 4-6. 8-10

 
“… Ellos cogieron a Jeremías y lo arrojaron en el aljibe de Melquías, príncipe real, en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas… Mi rey y señor, esos hombres han tratado inicuamente al profeta Jeremías, arrojándolo al aljibe, donde morirá de hambre… Entonces el rey ordenó a Ebedmelek el cusita: Toma tres hombres a tu mando, y sacad al profeta Jeremías del aljibe antes de que muera…”

 

CLAVES para la LECTURA

 
- Por la misión que había recibido y por las circunstancias históricas que hubo de vivir, podemos decir que Jeremías fue una profecía hecha persona. Precisamente por eso la tradición cristiana le considera como figura e imagen del Jesús de la Pasión.

 - Jeremías conoció, en primer lugar, la persecución, que le hizo sufrir hasta el espasmo y le aisló de su pueblo; que le expuso a la calumnia de sus adversarios y le hizo conocer la cárcel y el exilio; que le quitó el favor del rey y le hizo pasar hambre. Ésta fue la pasión que le acompañó durante toda la vida y que ha dejado también una señal en el libro de sus profecías. En él son bastante conmovedoras las páginas que exteriorizan el drama interior del profeta y nos hacen conocer algunas «confesiones» que dejan aparecer su profunda y genuina espiritualidad. Ahora bien, Jeremías encuentra asimismo un amigo que intercede por él ante el rey y se pone de su parte, aunque esto le expone al peligro; un amigo que, en cierto modo, comparte su pasión. Aunque el poder de los prepotentes desarraiga a Jeremías de su pueblo, no consigue, sin embargo, cortar por completo este vínculo. Un profeta lo es siempre para su pueblo, incluso cuando eso implique perder el favor del rey y exponerse a un peligro de muerte.

 - Al final, Jeremías queda libre, aunque sea de manera provisional, y esto sirve para atestiguar que, en los asuntos humanos, la última palabra sólo corresponde y corresponderá siempre a Dios.

 

CLAVES para la VIDA

 
- La fidelidad a la misión recibida por el profeta le lleva a situaciones tensas y límite. Toda su vida se convierte en una inmensa parábola y está marcada por el drama que vive. Jeremías, persona afable y cordial, ser ve empujado por la Palabra a denunciar constantemente los abusos e infidelidades del pueblo y sobre todo de los jefes, quienes responden con persecuciones, de las que el profeta se queja amargamente ante Dios. Así transcurre su caminar y lleva a cabo su misión.

 - Sólo la experiencia original en el profeta, -y que le ha marcado para siempre-, es lo que le mantiene en ese camino de fidelidad. Aquel “no les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte…” (Jer 1, 8), que vivió en los orígenes de su misión, será la fuerza que vuelva a sentir y experimentar Jeremías en los momentos de dificultad. Él sabe que Dios no falla y esa promesa de protección permanece a pesar de los pesares. Ésta es su pasión y la vive con enorme intensidad, convirtiéndose en figura significativa de cuanto le va a ocurrir al mismo Jesús de Nazaret.

 - Jeremías y su vida es muy sugerente para cualquier creyente. Él se siente “pequeño” ante la misión que Dios le encomienda; pero sentirá toda la fuerza de la llamada, hasta quemarle por dentro. Su experiencia original es fundante, puesto que mantiene en pie toda su vida posterior, a pesar de las enormes dificultades que se presentan. ¡Cuántas cosas sugiere esta vida, que es toda una parábola, también para mí! Hermano/a, este profeta nos provoca a esa experiencia “originante” de cuanto viene después. ¡Buen ánimo!

 

Hebreos 12, 1-4

 
“… Jesús, que renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del Padre. Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado…”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- El autor de esta carta establece, al comienzo del capítulo 12, una relación con aquella «relectura teológica» de la historia que ya habíamos meditado el domingo pasado. El gran número de testigos que nos rodea (v. 1) no es otro que la serie de personajes (Abrahán, Sara, etc.) cuya fe ha sido alabada antes. A partir de su ejemplo, el autor formula para los destinatarios de su carta una serie de invitaciones que son otras tantas exhortaciones al recto sentir, a la recta conducta y a la recta orientación de su vida. Esas exhortaciones se sirven de algunas imágenes, bastante expresivas y de inmediata comprensión.

 - «Corramos con constancia en la carrera que se abre ante nosotros» (v.1b): la vida cristiana puede ser imaginada muy bien como una carrera en la que todos participan no por libre iniciativa, sino por haber sido llamados por el único Señor. Una carrera cuesta arriba, si queremos, precisamente porque se trata de seguir a Jesús, que sube hacia el Calvario, cargado con el leño de la cruz.

 - «Fijos los ojos en Jesús, autor y perfeccionador de la fe» (v. 2): como Jesús mantuvo fija su mirada sobre Jerusalén mientras subía hacia la ciudad santa (Lc 9, 51), así tampoco el cristiano puede apartar su mirada de Aquel que nos precede a todos, como cabeza, por el camino que lleva a Jerusalén; más aún, que tira de la carrera con determinación interior y con un coraje extremo.

 - «Pensad, pues, en aquel que soportó en su persona...» (v. 3): es menester poner nuestra mente en Jesús, pensar en él con pasión, poner o mantener sólo a él en el centro de nuestro corazón, si queremos conservar las energías necesarias para proseguir la carrera y para llegar a la meta. En caso contrario, nos cansaremos y perderemos el ánimo, es decir, abandonaremos nuestro propósito, elaboraremos hipótesis alternativas y nos adentraremos por otros caminos.

 - La exhortación final del autor es más extraordinaria que nunca, porque expresa también un juicio que nos afecta a todos: «No habéis llegado todavía a derramar la sangre en vuestro combate contra el pecado» (v. 4). La vida cristiana, sea cual sea la vocación en que se encarne, es siempre una lucha a campo abierto, una batalla que hemos de sostener, una continua resistencia al mal, cueste lo que cueste, hasta el derramamiento de sangre.

 

CLAVES para la VIDA

 
- El autor de la carta a los Hebreos, tras habernos presentado a los modelos ejemplares de la fe (domingo pasado), ahora se propone ofrecernos al modelo máximo, que es JESÚS mismo. De ahí que es necesario despojarse de cuanto impide realizar la “carrera” tras sus huellas. Porque el objetivo no es otro, ni tampoco hay otro modelo para sus seguidores, sino Él, el único Señor. Ahora, los modelos anteriores pasan a segundo plano, si bien han sido un anticipo del definitivo.

 - “Fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe” (v. 2): aquí está la clave para todo seguidor que se tache de tal. Aunque el caminar de Jesús conlleve entrega y cruz, Él se convierte, plenamente, en el único camino. De ahí que su Evangelio y su vida se conviertan en referencia para sus seguidores. En él se inicia la fe y en él se completa; su propuesta es así el absoluto para cuantos quieran seguirle.

 - ¡Impresionante cómo percibe el autor sagrado el camino de Jesús y su estilo de ser y de vivir! Y ésta es la propuesta, una vez más, para mí, seguidor de este Jesús. Ahora todos “los otros referentes” pasan a segundo plano; los “otros caminos” ya no sirven. Sólo Él es el CAMINO. ¡Cuántas veces nos descuidamos!, y entonces… ¡todo se hace más difícil y difuso! Hermano/a, dejémosle al autor sagrado que nos siga recordando lo esencial, aquello que no puede faltarnos para que nuestro caminar sea fiable y que nos conduzca a la plenitud. ¡Ojalá lo deseemos!

 
Evangelio: Lucas 12, 49-53

 

“… He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división…”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- Esta página, en el contexto del capítulo 12 del evangelio de Lucas, está también al servicio del gran tema de la espera. El cristiano, para poder decir que vive realmente esperando a Aquel que viene, no sólo debe adoptar las actitudes de la vigilancia (Lc 12, 35-40) y de la fidelidad (Lc 12, 41-48), sino que también debe darse cuenta del carácter trágico del momento que está viviendo: éste es el tema de la liturgia de la Palabra de hoy (Lc 12, 49-53). Todo este capítulo está lleno de advertencias a los discípulos. Jesús prosigue su camino a Jerusalén, y las resistencias en su entorno se hacen más patentes e, incluso, agresivas. Jesús prevé el desenlace y previene a sus seguidores. Por eso el texto está escrito en términos paradójicos y de contraste.

 - Jesús es mensajero de la paz, pero de una paz profunda; no es, pues, un simple reposo o ausencia de... Se trata de una paz que implica justicia y respeto a los derechos de los más indefensos. Por eso, proclamar esa paz encuentra la oposición de quienes se benefician del orden injusto. De ahí que Jesús recuerda a sus discípulos que Él mismo sufrirá el “bautismo de fuego”, esto es, será sumergido en el dolor y en la muerte. Esto no es buscado, sino aceptado: el precio que debe pagar lo angustia desde ahora (v. 49-50). Esta paz que propone Jesús, quiere eliminar las causas de la división y el maltrato de las personas. Quienes sienten amenazados sus privilegios, seguro que reaccionarán con violencia. Aquí es donde se encuentra Jesús.

 - Querámoslo o no, el Reino de Dios no viene sin oposición. Si fuera sólo para el otro mundo, si fuera sólo cuestión de ideas y sentimientos, si fuera sólo algo personal y privado, quizá. Pero el Reino de Dios tiene que ver con esta sociedad, con sus estructuras de opresión e injusticia, con la riqueza y la pobreza, con la paz y la guerra, con el hambre y el confort, con la vida y las muertes. Por eso, anunciarlo y construirlo provoca conflicto y división. Unos a favor y otros en contra. Esta experiencia la vivieron intensamente los primeros cristianos. Así, este párrafo evangélico no es sólo un anuncio. Cuando se escribió este Evangelio, ellos ya habían sufrido la división, incluso entre los seres más queridos. La división se hizo pronto persecución en muchas comunidades. Luego, lo ocurrido a Jesús rápidamente lo experimentan en sus propias vidas.

  

CLAVES para la VIDA

 
- Es necesario reconocer que este texto evangélico es incómodo para nosotros: preferimos que nos hablen de “cosas bonitas”, que no supongan un planteamiento serio y que afecte a las raíces de la vida y el compromiso. Por eso pensamos que ese día Jesús “hizo mal la digestión” o cosas similares, y que acaso no hay que darle una importancia especial a estas palabras del Maestro. ¿No será que hemos convertido el Evangelio en una especie de libro de ética personal, pero que no tiene que ver con las estructuras sociales y opresoras de nuestro mundo y cultura? ¿No nos habremos hecho más cautos, más “sabios” o, lo que llamamos, más prudentes?

 - Resulta que Jesús ofrece el Evangelio como un ESTILO de SER, PENSAR, VIVIR y de ENTREGARSE (“bautismo de fuego”) en favor del proyecto definitivo de Dios para la humanidad; y nosotros empeñados en otras “tareas”, con otras cosas, pero que suponen mucho menos y que sólo afectan a algunas “cosillas” de nuestro diario caminar.

 - Aquí nos encontramos, pues, con esta propuesta dura de roer: asumir el Evangelio en la vida incomoda y… ¡de qué manera! Supondrá seguir las huellas del mismo Jesús y eso nos acarreará tensión y división. No hay más remedio. La entrega, -hasta asumir la misma muerte-, será una realidad; así lo vivió el Maestro. Hermano/a, son palabras serias las que se nos están comunicando. Es necesaria la decisión personal

miércoles, 14 de agosto de 2013


Jueves día 15 de Agosto:

ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab

 
“... Se abrieron las puertas del templo celeste de Dios y dentro de él se vio el Arca de la Alianza... Hubo rayos y truenos y un terremoto: una tormenta formidable. Después apareció una figura portentosa en el cielo: una mujer vestida del sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas. Estaba encinta, le llegó la hora, y gritaba entre los espasmos del parto... Apareció otro portento en el cielo... Dio a luz un varón, destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos. Arrebataron al niño y lo llevaron junto al trono de Dios... «Ya llega la victoria, el poder y el reino de nuestro Dios, y el mando de su Mesías».

 
CLAVES para la LECTURA

 - El drama de la historia humana está representado aquí, como en otros lugares del Apocalipsis, con imágenes cósmicas. Esta historia -la de la lucha continua entre el bien el mal- lleva en sí misma la semilla de un niño, de una vida nueva, esto es, de la vida encarnada en Jesús y vivida para siempre junto a Dios. El arca de esta nueva alianza, que la perícopa de hoy conecta con la figura de una mujer encinta que está a punto de dar a luz, aparece en el cielo junto con los signos que describen la experiencia de lo divino: «En medio de relámpagos, de retumbar de truenos, de temblores de tierra y de fuerte granizada» (11, 19).

 - La mujer, cargada con el niño divino, anuncio y promesa de salvación, se encuentra de la parte de Dios. Tiene «la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (12, 1): estos signos nos permiten identificarla como figura de la nueva creación, del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia. Frente a ella se encuentra al acecho «un enorme dragón de color rojo», que representa a los que contrastan con el anuncio del Evangelio, a todos los que dieron comienzo a las persecuciones de los primeros tiempos de la Iglesia. El tiempo de la persecución (los «mil doscientos sesenta días» son la duración de la persecución apocalíptica: 11, 3; Dn 7, 25) contemplará aún a la mujer-Iglesia viviendo en el desierto, donde, paradójicamente, encuentra refugio y alimento.

 - El himno final anuncia la derrota definitiva del dragón («el diablo y Satanás»: 12, 9) por parte de Miguel y de sus ángeles: de ahora en adelante nadie podrá encontrar ya una culpa, «acusar» (2, 10) a los creyentes ante Dios.

 
CLAVES para la VIDA

 
- Como acostumbra el libro del Apocalipsis, con ese lenguaje tan “extraño” para nosotros, nos ofrece un mensaje claro: la “mujer” es el pueblo de Dios (Israel = Iglesia) y se encuentra con dolores de parto; esto es, grandeza y miseria, luces y sombras se dan en esa Iglesia naciente y en la situación de persecución en la que vive (como lo estaba siendo cuando el vidente escribe el texto sagrado). Pero tiene la presencia del “niño”, el Mesías, que es quien le libera del “dragón”, de las fuerzas del mal. De ahí la proclamación final: “... se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo...”.

 - Una vez más, se insiste en la existencia de la lucha entre las fuerzas del bien y del mal y que la victoria definitiva de esa situación sólo se produce con la presencia salvadora de Cristo Jesús. Y es que el proyecto de salvación de Dios ha llegado a su plenitud en la persona y en la obra de Jesús, el Mesías. En Él encuentra el Nuevo Pueblo -aún en situación complicada y de persecución- el motivo de esperanza en el triunfo definitivo, pleno y total.

 - De nuevo se nos vuelve a recordar (una y otra vez) lo esencial y fundamental de la nueva situación en la que vivimos: Dios ha llevado a plenitud su obra de salvación en Cristo Jesús. Ésta es la CLAVE definitiva de lectura de la historia. Y aquí me encuentro yo (nosotros). En esta fiesta de la Asunción de María se nos recuerda también que Ella, junto a Cristo Jesús, camina con esta Nuevo Pueblo, participando de sus luchas y sufrimientos, de sus gozos y alegrías. ¡Disfruta, hermano/a, de esta nueva situación a la que somos invitados a participar!

 
1 Corintios 15, 20-27a

 
“... Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida... Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte... Y así Dios lo será todo para todos...”

 

CLAVES para la LECTURA

 - El capítulo 15 de la primera carta a los Corintios pretende responder a algunas objeciones respecto a la resurrección planteadas tanto por ciertas actitudes de miembros de la comunidad como de procedencia exterior.

 - La primera afirmación de Pablo se basa en un dato de hecho: la resurrección de Jesús, cuyo anuncio forma parte del núcleo originario del anuncio cristiano (15, 3ss).

 - La segunda afirmación parte, a continuación, de un dato de fe: sin la resurrección, el credo cristiano perdería su sentido. Dejaría de ser un anuncio de salvación, porque el «último enemigo» (v. 26), la muerte, no sería vencido y con él seguiría en vida el miedo que nos ata y nos hace esclavos de nuestra historia y de nuestros modelos de comportamiento.

 - La dialéctica Adán-Cristo le sirve a Pablo para subrayar el modo de la resurrección, esto es, cómo la vida de la resurrección comporta un cambio real en la naturaleza de nuestro cuerpo: ya no es un cuerpo que lleva en sí la muerte, sino un cuerpo colmado de vida y capaz de darla (15, 20-21. 42ss), un cuerpo «espiritual» (vv. 44ss); ya no es un cuerpo a imagen «del hombre terreno», sino uno a imagen «del hombre de los cielos» (v. 49), una humanidad que se encuentra de parte de Dios.

 
CLAVES para la VIDA

 - Y es que el hecho fundante de todo -según Pablo y la predicación apostólica- está en el hecho de la Resurrección de Jesús, que es lo que cambia todo y para siempre. El “pecado” y la “muerte” (para Pablo están en el mismo lote) han sido vencidos definitivamente en el hecho de la resurrección del Señor Jesús. Él como primicia; todos los cristianos participando con Él; Él, el “nuevo Adán”, arrastrará a sus seguidores a la resurrección. Es lo central.

 - Pero entre el hecho “primicial” de la resurrección de Cristo y el acontecimiento final de la resurrección de “los de Cristo” tiene que haber una historia hacia arriba, toda ella dominada por distintos avatares de una lucha entre Cristo y las “potencias”: “Pues Él tiene que reinar hasta que logre poner a sus enemigos bajo sus pies” (v. 27). Aquí participa plenamente también su seguidor en el empeño de asemejarse al hombre nuevo, al mismo Señor Jesús, y haciendo que la humanidad se encuentre con el Dios de la Vida.

 - También nosotros participamos de este don inmenso que se nos ofrece desde la resurrección de Jesús. También nosotros, revestidos de la fuerza del Señor resucitado, tomamos parte ¿activa? en esa tarea de hacer que la humanidad se encuentre con el Dios de la Vida, y que se nos anuncia y proclama en el acontecimiento de la resurrección. También nosotros, codo a codo con el Señor resucitado y que camina hoy a nuestro lado, luchamos y nos empeñamos en una humanidad más acorde con el proyecto salvador de Dios, amante y enamorado de los hombres y mujeres de toda raza y condición. También nosotros... ¿Es verdad, hermano/a? ¿Lo vivo así cada día y en las circunstancias concretas de mi caminar?

 

Evangelio: Lucas 1, 39-56

 
“... Unos días después, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!... ¡Dichosa tú, que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá... Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava...”

 

 

CLAVES para la LECTURA

 - El encuentro entre dos madres se convierte, en los relatos de la infancia del evangelio según Lucas, en un momento importante de conexión y de continuidad entre la historia de la salvación contada en el Antiguo Testamento y la nueva historia que está a punto de empezar con el nacimiento de Jesús; por eso, Isabel saluda en María a la madre «de su Señor» (v. 43) y la proclama bienaventurada por su fe, exultando junto con su propio hijo por impulso del Espíritu Santo (vv. 41-45). La presencia misteriosa del Espíritu nos muestra ya que ambas madres forman parte de un mismo plan de salvación, mediante el cual el designio de Dios sobre el mundo encuentra su cumplimiento no a través de las grandes gestas de la historia -aunque sí en su interior-, no a través de las grandes intuiciones de los filósofos o de los matemáticos griegos -aunque sí junto a ellos-, sino a través de la esperanza de dos mujeres de Israel, que reconocen en todo lo que les está pasando una obra que les supera. No por nada se convierte el cántico mariano en elenco de esta historia que está por detrás y frente a la historia de los manuales, exaltando a su Autor misterioso (v. 47).

 - La «humildad de su sierva», a la que el Señor dirige su mirada (vv. 48-50), no se queda en una simple indicación exterior. Se trata de la humildad de quien está tan bajo que ve mejor la semilla que está a punto de nacer, de quien se pone en una posición de pura acogida (Lc 1, 38), de modo que consigue ver la profundidad de todo lo que está sucediendo y no se deja distraer por otros acontecimientos más ruidosos pero menos reales. En el fondo, se trata de la humildad de quien acoge en sí la verdad de la historia. Precisamente por eso, la humildad de María no le impide reconocerse incluso como destinataria privilegiada del amor de Dios y profetizar que la historia la recordará por esto (y con ello se inserta una vez más en el ejército de todos los orantes del Antiguo Testamento).

 - De esta perspectiva parte el recuerdo de las obras realizadas por el verdadero Señor de la historia (vv. 51-53). Y esta historia se cumple en la salvación llevada a quienes históricamente no tienen salvación -los humildes, los hambrientos- y en la dispersión de cuantos tienen una salvación confeccionada por ellos a su medida y, por eso, no pueden confiar en la obra de Otro (como los soberbios, los poderosos, los ricos...). Estos dos aspectos de la historia parecen combatirse recíprocamente: «Desplegó la fuerza de su brazo» (v. 51) es una expresión dotada de connotaciones militares (Sal 118, 16); sin embargo, la profecía de María descubre, en realidad, en la historia un único aspecto de salvación; a saber: la proximidad del Señor. Tanto más por el hecho de que este Señor demuestra ser fiel también a sus propias promesas (vv. 54ss) y, por consiguiente, digno asimismo de confianza. Para quien tiene ojos humildes, capaces de ver la humildad de la historia de la salvación, el Dios en quien se puede confiar permanece como confirmación de la bendición que él mismo ha dirigido a Israel y a su pueblo, de la promesa que el niño que da saltos en el seno de Isabel y el niño que está creciendo en el seno de María llevan con ellos.

 - El Magníficat, canto de los pobres, es una de las más bellas oraciones del Nuevo Testamento, con múltiples reminiscencias veterotestamentarias (1 Sm 2, 1-18; Sal 110, 9; 102, 17; 88, 11; 106, 9; Is 41, 8-9). Es significativo que el texto se ponga en labios de María, la criatura más digna de alabar a Dios, culmen de la esperanza del pueblo elegido. El cántico celebra en síntesis toda la historia de la salvación que, desde los orígenes de Abrahán hasta el cumplimiento en María (imagen de la Iglesia de todos los tiempos) siempre es guiada por Dios con su amor misericordioso, manifestado especialmente con los pobres y pequeños.

 - El cántico se divide en tres partes: María glorifica a Dios por las maravillas que ha hecho en su vida humilde, convirtiéndola en colaboradora de la salvación cumplida en Cristo su Hijo (vv. 46-49); exalta, además, la misericordia de Dios por sus criterios extraordinarios e impensables con que desbarata situaciones humanas, manifestada con seis verbos («Desplegó..., dispersó..., derribó..., ensalzó..., colmó..., auxilió...»), que reflejan el actuar poderoso y paternal de Dios con los últimos y menesterosos (vv. 50-53); finalmente recuerda el cumplimiento amoroso y fiel de las promesas de Dios hechas a los Padres y mantenidas en la historia de Israel (vv. 54-55). Dios siempre hace grandes cosas en la historia de los hombres, pero sólo se sirve de los que se hacen pequeños y procuran servirle con fidelidad en el ocultamiento y en el silencio de adoración en su corazón.

 
CLAVES para la VIDA

 
- El encuentro de estas dos madres y del Mesías con su Precursor constituyen la expresión de un único cántico de alabanza y acción de gracias a Dios por su presencia salvadora en medio de los hombres. Ahora nos toca a nosotros, siguiendo el ejemplo de María y de Isabel, abrirnos a la acción gozosa y fecunda del Espíritu y responder al don de Dios. María es el modelo de apertura de corazón a la acción del Espíritu. Ella con el don de la maternidad no se aisló en una autocomplacencia, sino que, cual verdadera “arca de la alianza”, que encierra en sí la fuente de la vida, se pone en marcha para servir a los demás en una caridad traducida en humilde servicio. ¡Inmensa lección para los creyentes de hoy, para nosotros!

 - María en casa de Isabel, después de escuchar las alabanzas de su pariente, prorrumpe en un cántico de admiración, alegría y gratitud a Dios. Es el MAGNIFICAT. Canta agradecida lo que Dios ha hecho en Ella y, sobre todo, lo que ha hecho y sigue haciendo por Israel, con el que Ella se solidariza plenamente y es que... “dispersa a los soberbios, derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”: magnífico resumen de la actitud de fe de Israel en la espera mesiánica, que contemplamos a través de la liturgia.

 - Este cántico del Magnificat puede ser la expresión hermosa que sale de nuestros labios y corazones para unirnos a la alabanza de la Madre, y con más razón en este día tan especial en el que volvemos a descubrir y comprobar que las maravillas de Dios no tienen límite alguno cuando se trata de realizar sus proyectos de vida y de amor. María lo ha entendido mejor que nadie. El evangelista Lucas, al poner en los labios de María este cántico, así nos lo quiere dar a entender. Rezamos con María.

sábado, 10 de agosto de 2013


DOMINGO, día 11 de Agosto

 
Sabiduría 18, 6-9

 
“… La noche de la liberación se les anunció de antemano a nuestros padres, para que tuvieran ánimo al conocer con certeza la promesa de que se fiaban. Tu pueblo esperaba ya la salvación de los inocentes y la perdición de los culpables…”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- La última sección del libro de la Sabiduría (capítulos 10-19) presenta una «relectura teológica» de la historia de la salvación a partir del primer hombre, plasmado por Dios, hasta el paso del mar Rojo. La primera lectura de esta liturgia de la Palabra presenta exactamente algunos momentos de la magna epopeya que fue el Éxodo, que se llevó a cabo sobre todo en la noche de la liberación.

 - Es bastante probable que el autor del libro de la Sabiduría, que vive en Egipto, esté pasando por la experiencia de la celebración pascual con el rito de las hierbas amargas, del pan partido y de la cintura ceñida. Lo que escribe para consuelo de sus hermanos en la fe tiene valor de «memoria» y, al mismo tiempo, de «actualización». Con estos dos registros pone de relieve el primado de la acción del Dios revelador y liberador, con plena conciencia de que cada intervención de Dios en la historia del hombre tiene como fin primero poner en el centro de la vida del hombre la persona y la acción de Dios. De este modo pretende alimentar y sostener la fe de sus contemporáneos, incluso en la difícil situación histórica de quien debe preservar de las múltiples tentaciones del momento el precioso tesoro de la fe.

 - Para el autor de este libro bíblico, el Éxodo puede y debe ser releído también como «juicio» de Dios sobre toda la humanidad. Ese juicio está descrito plásticamente por medio de una clara contraposición: por un lado, están «los tuyos», «tu pueblo» -los justos, glorificados por Dios, los hijos de los justos y los santos, a los que Dios les da la luz de su ley y a sí mismo como dulce compañía- y, por otro, están los adversarios que el Señor se ve obligado a castigar porque se resisten a su invitación. Al juzgar, Dios no necesariamente condena, aunque no puede dejar de sustraerse al amor de quien le ha excluido del horizonte de su vida.

 
CLAVES para la VIDA

 
- El autor sagrado, -que posiblemente escribe para su pueblo en una situación complicada para mantenerse en fidelidad-, insiste en la experiencia original de su fe y de su espiritualidad: recuerda y actualiza la acción salvadora y liberadora de Dios en favor de su pueblo. Es la clave: Dios nunca olvida su compromiso y lleva adelante su plan de vida y de salvación. Israel lo debe recordar de generación en generación y ser fiel al compromiso mutuo asumido.

 - “Pues con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti” (v. 8): ese recuerdo siempre tiene el objetivo de acercarse de nuevo a Dios y a sus promesas de vida. Ese recuerdo y memoria tienen esa fuerza de LLAMADA, porque ahí es donde Israel encontrará la plenitud. “Llamándonos a ti”, es la invitación constante; el pueblo ha constatado que cuando ha olvidado este hecho, le han ido mal las cosas; cuando ha revivido esas experiencias fundantes, entonces la plenitud de vida y de salvación ha sido un hecho en su caminar.

 - Es bueno que se nos recuerden con fuerza los acontecimientos fundantes (eso es, que fundan) de la fe y de la espiritualidad. Es bueno recordar y hacer memoria viva de los momentos significativos, de esa presencia salvadora de Dios en nuestras vidas. Es necesario que todo esto ocurra hasta llegar a la plenitud en la persona de Jesús de Nazaret, presencia definitiva de Dios en medio de nuestra historia. Hermano/a, es necesario “despertar” y revivir las raíces de nuestra espiritualidad, aquella que da “espíritu” a nuestro ser y caminar ¿De acuerdo?

 
Hebreos 11, 1-2. 8-19

 
“… La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve. Por su fe son recordados los antiguos: por fe obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber a dónde iba. Por fe vivió como extranjero en la tierra prometida, habitando en tiendas -y lo mismo Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa-…”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- Como el libro de la Sabiduría, también el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos no es otra cosa que una «relectura teológica» de la historia de la salvación desde Abrahán hasta los profetas. La segunda lectura de esta liturgia de la Palabra se concentra en el acontecer de Abrahán, nuestro padre en la fe, destacando en él, sobre todo, su actitud de fe.

 - «Por la fe Abrahán, obediente a la llamada divina, salió... Por la fe vivió como extranjero en la tierra que se le había prometido... Por la fe Abrahán, sometido a prueba, estuvo dispuesto a sacrificar a Isaac...»: este estribillo basta para comprender que no sólo la historia de Abrahán, sino la de todos los hombres tiene que ser leída e interpretada a la luz de la fe, entendida como fuente de nueva luz, como viático para nuestro camino. «Por la fe, a pesar de que Sara era estéril y de que él mismo ya no tenía la edad apropiada, recibió fuerza para fundar un linaje...»: junto a la historia del patriarca Abrahán, el autor de la Carta a los Hebreos se preocupa de narrar asimismo la historia de la «matriarca» Sara. Ambos son destinatarios de la misma promesa; ambos reciben de Dios un don extraordinario; ambos asumen ante Dios una actitud de fe; por eso, ambos son herederos de la promesa.

 - Lo que significa ser hombres y mujeres de fe lo obtenemos claramente en las dos historias trenzadas de Abrahán y de Sara: su obediencia se convierte en una disponibilidad total a la acción de Aquel que los ha elegido para una historia de salvación universal, una historia que supera a sus personas y su destino. Su pobreza personal se convierte, de una manera sorprendente, en riqueza-don de Dios; su soledad, todavía más triste por la falta de un heredero, se resuelve en una indeterminada multitud de herederos; por último, el sacrificio de su hijo único se convierte en símbolo de ese sacrificio que, en la plenitud de los tiempos, Jesús, el Hijo de Dios, ofrecerá por la salvación de toda la humanidad.

 

CLAVES para la VIDA

 
- Nuevamente, esa mirada a la historia y a sus personajes más significativos, le sirve al autor sagrado para ayudar a los creyentes a quienes se dirige y estimular una respuesta en fidelidad. Abrahán es todo un símbolo en esa historia de la salvación; como también Sara. Su actitud de fe, asumida ante las promesas de Dios, es todo un estilo de ser y de vivir. Así las promesas encuentran la acogida que requieren. Lo que Dios ha prometido se hará realidad.

 - Eso sí: creer en las promesas de Dios, le supuso a Abrahán caminar hacia lo desconocido, sin saber adónde iba (v. 8), sólo fiado de la palabra de la promesa. Le supuso perder la “seguridad” de lo conocido, de su patria y ponerse a caminar hacia… donde Dios le llamaba. Por eso se convierte en MODELO de la fe, que mueve la esperanza y que le lleva a aceptar plenamente la propuesta de Dios.

 - De nuevo, esa invitación abierta a aceptar a esos modelos de fe, de aquellos que creyeron contra toda esperanza humana. Aquí las “evidencias” no valen; aquí es la PALABRA o la PROMESA de Dios el soporte único y válido para el camino. ¡Qué fácil resulta decirlo y proclamarlo y cuan complicado el vivirlo en el día a día! Hermano/a, ésta es la invitación que el autor de la carta a los Hebreos nos propone, también a los creyentes de hoy. ¿Nos servirá? ¿Asumiremos la propuesta…?

 
Evangelio: Lucas 12, 32-48

 
“… Dichosos los criados a quienes el Señor, al llegar, los encuentre en vela… Y sí llega entrada la noche o de madrugada, y los encuentra así, dichosos ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis, viene el Hijo del Hombre…”

 

CLAVES para la LECTURA

 
- La página evangélica de esta liturgia de la Palabra comienza con una de las más bellas declaraciones de Jesús (vv. 32-34). De ella podemos obtener luz para nuestro camino de fe y consuelo para nuestra esperanza de peregrinos. La invitación a no temer y el hecho de tratarnos de «pequeño rebaño», además de la idea del «tesoro» que atrae nuestro corazón, nos las ofrece Jesús como otras tantas verdades capaces de garantizar nuestra fidelidad a la alianza.

 - Después de habernos tratado por lo que somos, pero, sobre todo, después de habernos indicado lo que complace a Dios, nuestro Padre (su complacencia consiste en hacernos participar en su Reino), Jesús nos confía algunas recomendaciones, que podemos resumir en la actitud de vigilancia. Vigilar, en la jerga bíblica, es una actitud que corresponde a los siervos frente a su señor, e implica expectativa del retorno del Señor, prontitud para recibirle cuando llegue, disponibilidad total en el servicio, plena docilidad a sus mandamientos y, por último, alegría de participar, aunque sea como siervo, en la alegría de las bodas del Señor.

 - «Tened ceñida la cintura, y las lámparas encendidas» (v. 35); si la consideramos bien, no se trata de una invitación genérica a una fidelidad igualmente genérica, sino de un deseo vigoroso por parte del Señor de tener a su lado y en su séquito «siervos buenos y fieles», que no se cansen inútilmente ni se instalen en cómodas posiciones ni, mucho menos, se distraigan del objeto de su espera. Al contrario, sabiendo que el Señor viene cuando menos se le espera, viven el tiempo de la vigilancia y de la espera con ansia extrema y santo temor de Dios. En efecto, aunque los siervos no conocen la hora del regreso, sí conocen la voluntad del señor y saben que es una persona buena e indulgente, pero, al mismo tiempo, justa y exigente.

 

CLAVES para la VIDA

 
- Mensaje lleno de vitalidad y de fuerza el que nos propone Jesús, el Maestro. Y una inmensa revelación, que jamás podríamos ni siquiera imaginar: la voluntad del padre es ofrecernos el don del Reino, con todo lo que de plenitud conlleva. Merece la pena apostar todo por ese TESORO que se nos da, porque iluminará toda la vida y todo en nosotros se centrará en su búsqueda: “donde está tu tesoro allí estará vuestro corazón” (v. 34).

 - Esta revelación está requiriendo una actitud determinada de vida y un estilo de ser y de vivir: la actitud de la VIGILANCIA, como aquellos que esperan a que vuelva su señor y poderle acoger y atender. Por lo tanto, el don del Reino no es para quedarse estancados y atontados, sino para vivir en esa tensión de espera y de respuesta al retorno del Señor de la casa, como “siervos buenos y fieles”. Mientras llega, es necesario vivir según agrada a ese Señor; sólo así se podrá participar del gozo de la fiesta que brindará en honor de tales siervos.

 
 
- Es hermoso escuchar y sentir como para nosotros las palabras cargadas de ternura del Maestro: “No temas, pequeño rebaño…”. Y es que el proyecto del Padre es hermoso a todas luces para nuestra situación. Saber que estamos llamados a vivir desde la dinámica del Reino que se nos ofrece como don; vivir desde una actitud despierta porque merece la pena… es la gran invitación, una inmensa invitación, cargada de las mejores sensaciones. En vez de tanto negativismo en tantas propuestas creyentes, Él, Jesús, nos ofrece algo hermoso y para disfrutar. Hermano/a, a esto somos llamados. ¡No lo podemos olvidar…!