sábado, 9 de noviembre de 2013


 

Domingo, día 10 de Noviembre                                        




 
 
 

EVANGELIO: Lucas 20, 27-38


 

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:

- «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella».

 Jesús les contestó:

- «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.

 Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos».

 

 
ACERCAMIENTO AL TEXTO

 
Para entender en toda su profundidad este texto evangélico, es necesario ubicarlo en el evangelio de Lucas: estamos a las puertas de la Pasión, muerte y Resurrección de Jesús; ya se ha producido la entrada triunfal en Jerusalén y, lógicamente, Lucas nos va a ofrecer su “catequesis escatológica”; esto es, acerca del final de los tiempos y va a recoger las diversas enseñanzas de Jesús en torno a este tema.

 Y la verdad es que el tema que le plantean a Jesús no es baldío ni mucho menos. Era tema muy debatido y en torno al cual se habían creado diversas “escuelas” e interpretaciones. Nosotros no podemos olvidar que en el Antiguo Testamento no estaba tan claro la creencia en la resurrección y en la vida futura. Sólo desde Jesús y en su Pascua podemos aproximarnos a las afirmaciones más plenas.

 Una vez que Jesús ha hecho enmudecer a los fariseos, los SADUCEOS -sus enemigos- se envalentonan y tratan de atraparlo en las redes de su casuística. Los saduceos representan la casta sacerdotal privilegiada, a la que pertenecían la mayoría de los sumos sacerdotes. Dentro del entramado social del judaísmo son los portavoces de las grandes familias ricas, que viven y disfrutan de los copiosos donativos de los peregrinos y del producto de los sacrificios ofrecidos en el templo. No hay que confundirlos con la clase formada por los simples sacerdotes, muy numerosa y más bien pobre. Situados en los círculos del poder y del dinero, los saduceos eran radicalmente materialistas, «negaban la resurrección de los muertos», iban en contra de la expectación farisea de una vida futura y se servían de la religión para explotar al pueblo y vivir con más privilegios. Quieren ridiculizar la enseñanza de Jesús que, en parte, coincide con las creencias de los fariseos sobre la resurrección de los justos. Para ello le presentan el caso de una mujer que, conforme a la Ley del levirato (Dt 25, 5), ha sido desposada sucesivamente por siete hermanos por el hecho de haber muerto uno tras otro sin descendencia. ¿De quién de ellos será la mujer si existe la resurrección de los muertos?

 
La respuesta que Jesús les da sigue dos caminos.

 
Ä Por un lado les dice que la vida futura de los resucitados es una vida transfigurada («son hijos de Dios») y vivida en presencia de Dios («como ángeles»); se trata de una vida nueva donde, no existiendo la muerte, los hombres y mujeres no se casarán, y las relaciones humanas serán elevadas a un nivel en el que dejarán de tener vigencia las limitaciones inherentes a la creación presente. Viene a decirles que la resurrección no es una mera continuidad de esta vida.

 Ä Por otro, apoya el hecho de la resurrección de los muertos en los mismos escritos de Moisés de donde sacaban ellos sus argumentos capciosos: «Y que resucitan los muertos lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob”» (Ex 3, 6). «Y Dios no lo es de muertos, sino de vivos; es decir, que para él todos ellos están vivos» (vv. 37-38). O sea, la promesa hecha a los Patriarcas sigue vigente; de lo contrario, Moisés no habría llamado «Señor de la vida» al Dios de los Patriarcas si éstos estuviesen realmente muertos.

 Por lo tanto, la aportación de Jesús está, especialmente, en relación con la comprensión, o mejor, su experiencia de Dios: no es un Dios de muertos, sino de vivos, es el DIOS de la VIDA. Esto es, no es un ídolo que domine y engañe, que nos haya arrojado a este mundo y dejado en él, sino que da vida, generosa y abundantemente. Tan es así, que los primeros seguidores de Jesús fueron tildados de ateos por la sociedad romana porque no profesaban una religión basada en el culto a los muertos. El Dios que nos ofrece Jesús es el Dios de la vida, ofreciendo siempre vida.

 

PARA NUESTRA VIDA DE CREYENTES


 
No está clara que nuestra fe cristiana haya presentado siempre esa imagen y rostro de Dios, como el DIOS de la VIDA; ni mucho menos. Los hombres hemos hecho de todo con Dios. Pero tal vez nunca lo habíamos caricaturizado, ridiculizado y banalizado tanto como hoy. Se discute sobre Dios como si fuera un teorema, la incógnita de una ecuación o el «extraterrestre» en el que los más cándidos creen y al que los más críticos rechazan. Unos se sienten obligados a defenderlo aunque sea condenando a los hombres, y se atreven, incluso, a dictar a Dios lo que debería hacer en estos tiempos de ateísmo y crisis moral. Otros siguen aferrándose a imágenes religiosas, a concepciones infantiles. Hay quienes hablan de él como si conocieran al detalle sus planes, sus designios; y quienes invocan su autoridad a tiempo y a destiempo. Se han hecho y se hacen demasiadas CARICATURAS de Dios.

Jesús, dejándose de explicaciones teóricas sobre las concepciones de Dios, lo encontramos en otra actitud: lo invoca, confía en Él como Padre y busca ardientemente su voluntad y proclama que es un DIOS DE VIVOS (como en el texto de hoy). Es, pues, según Jesús, el Dios de la vida y fuente de vida. No es un destructor, sino aquél que crea la vida, la sostiene y la lleva a plenitud.

 De ahí que la mejor respuesta que podemos dar a la oferta de Jesús, posiblemente, pase por dejar de lado el hacer grandes disquisiciones teóricas, y acogerlo en nosotros como fuente, fundamento y culmen de nuestra propia vida. Por eso, a Dios lo encontraremos allí donde exista vida, allí donde late el deseo de vivir; lo hallaremos donde el hombre se enfrente a la tarea y lucha por hacer una humanidad más humana.

 Creer en la resurrección es mucho más que cultivar un optimismo barato en la esperanza de un final feliz. Cuando uno ha quedado atrapado por la fuerza de Jesús y de su resurrección, descubre a un Dios apasionado por la vida y comienza a amar y defender la vida de una manera nueva. El creyente siente que, ya desde ahora y aquí mismo, se nos llama a la resurrección y a la vida. Por eso, toma partido por la vida allí donde es lesionada, ultrajada y destruida. La resurrección se hace presente y se manifiesta allí donde se lucha y hasta se muere por evitar la muerte y la destrucción que está a nuestro alcance.

 Entrar, pues, en razonamientos capciosos y en la casuística, está más cerca de la actitud saducea que la de Jesús. El Evangelio, al contrario, apuesta por aceptar a un Dios de la vida; esto es, a construir Reino. Como el mismo Jesús. ¡Casi nada!

 

COMPROMISO DE VIDA


 
El Maestro, Jesús, sigue trabajándonos de forma empeñada y quiere abarcar las diversas dimensiones de la vida; incluso las que afectan “al final de la vida”. Como en este domingo.

 Å Necesito revisar mi experiencia de Dios: ¿está “en línea” con lo que Jesús nos presenta, o también yo me he creado mis “imágenes” de Dios?

 Å Esta semana me centraré en lo siguiente: leeré y meditaré la oración que se me ofrece a continuación, de J. Arias: “DIOS DE VIDA Y NO DE MUERTE”

 * recogeré las afirmaciones con las que más de acuerdo estoy;

* luego, anotaré las frases con las que no estoy de acuerdo;

* si puedo, las compartiré con una persona que me pueda ayudar a clarificarme.

  

ORACIÓN para esta SEMANA


 

DIOS DE VIDA Y NO DE MUERTE


 

Sí, yo nunca creeré en:

el Dios que sorprenda al hombre en un pecado de debilidad,

el Dios que ame el dolor,

el Dios que ponga luz roja a las alegrías humanas,

el Dios que esterilice la razón del hombre,

el Dios que bendiga a los nuevos Caínes de la humanidad,

el Dios mago y hechicero,

el Dios que se hace temer...,

porque Tú eres un Dios de vida y no de muerte.

 Sí, yo nunca creeré en:

el Dios que no se deja tutear,

el Dios que no necesita al hombre,

el Dios quiniela con quien se acierta sólo por suerte,

el Dios árbitro que juzga sólo con el reglamento en la mano,

el Dios incapaz de sonreír ante muchas trastadas de los hombres,

el Dios que manda al infierno,

el Dios que no sabe esperar...,

porque Tú eres un Dios de vida y no de muerte.

 Sí, yo nunca creeré en:

el Dios que adoran los que son capaces de condenar a un hombre,

el Dios incapaz de amar lo que muchos desprecian,

el Dios incapaz de perdonar lo que muchos hombres condenan,

el Dios incapaz de redimir la miseria,

el Dios que impida al hombre crecer, conquistar, transformarse,

el Dios que exija al hombre, para creer, renunciar a ser hombre,

el Dios que no acepte una silla en nuestras fiestas humanas...,

porque Tú eres un Dios de vida y no de muerte.

 
Sí, yo nunca creeré en:

el Dios que sólo pueden comprender los maduros,

los sabios y bien situados...,

el Dios a quien agrade la beneficencia

de quien no practica la justicia,

el Dios que condene la sexualidad,

el Dios que se arrepintiera de haber dado la libertad al hombre,

el Dios que prefiera la injusticia al desorden,

el Dios mudo e insensible en la historia

ante los problemas angustiosos de la humanidad que sufre,

el Dios que cree discípulos desertores de las tareas del mundo...,

porque Tú eres un Dios de vida y no de muerte.

 
Sí, yo nunca creeré en:

el Dios que ponga la ley por encima de la conciencia,

el Dios que dé por buena la guerra,

el Dios que cause el cáncer, el sida, cualquier enfermedad,

el Dios que no saliera al encuentro de quien lo ha abandonado,

el Dios que no tuviese una palabra distinta, personal, propia

para cada individuo,

el Dios que no tuviera misterio,

el Dios que no fuera más grande que nosotros,

el Dios incapaz de hacer nuevas todas las cosas...,

porque Tú eres un Dios de vida y no de muerte.

 

Arias, J.

sábado, 2 de noviembre de 2013


DOMINGO, día 3 de Noviembre              



 

 
 
 
 
Sabiduría 11, 22 – 12, 2

 
“… Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan… Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida… Por eso, corriges poco a poco a los que caen. Les recuerdas su pecado y lo reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor…”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- En el interior del primer díptico, que representa el Éxodo como historia de la salvación e historia de condena simultáneamente, el autor del libro de la Sabiduría encuentra un espacio para esbozar el rostro de Dios, «amigo de la vida» (11, 26). Resulta sorprendente que este particular no haya sido insertado en la tabla del díptico que habla de la salvación de Israel, sino en la que representa la condena de los egipcios. Si éstos adoraban a los animales como dioses, Yahvé, casi respetando la ley del contrapaso, ha enviado contra ellos pequeños bichos para que les piquen y les molesten (11, 15ss; Ex 8, 1-2. 13-14. 20 y 10, 12-15). El autor se pregunta la razón de que envíe estos pequeños animalitos y no leones, osos o dragones, que los hubieran devorado de un solo bocado (11, 17-19). ¿Por qué Dios no ha acabado de inmediato la partida con Egipto? La respuesta es que a Dios le gusta perder tiempo con el pecador, ronda a su alrededor con su pedagogía, le hace sentir el escozor y la molestia del pecado, en vistas a engendrar en él el arrepentimiento y el deseo de emprender una vida más bella.

 - Para el sabio israelita, el hecho de que haya también otras naciones que siguen los pasos del pueblo elegido es síntoma de la bondad infinita de Dios. Hubiera podido barrerlas como granos de arena, pero Dios, «el señor de la fuerza, juzga con mansedumbre y gobierna con indulgencia» (12, 18). Su verdadera justicia consiste en encontrar una estrategia que le permita al pecador seguir en vida, mientras sea posible. Por consiguiente, si los enemigos de Israel todavía subsisten, es porque Dios es demasiado bueno y tiene también compasión de ellos. La reflexión sapiencial sobre los hechos del Éxodo le permite a Israel salir de su particularismo y darse cuenta de que el amor de Dios se extiende a todas las criaturas. ¿Se puede criticar esta justicia divina?

 
CLAVES para la VIDA

 

- El autor del libro de la Sabiduría reflexiona sobre unos hechos pasados de su pueblo y descubre en ellos la mano divina. Esta lectura se inserta dentro de una serie de “castigos” de Dios contra los egipcios, donde se destaca sobre todo la moderación de Dios al castigar, y es que si Dios se todopoderoso (y esto se descubre en toda la creación), a la vez es misericordioso y actúa en todo momento desde esta clave: desvía su mirada de los pecados de los hombres para darles tiempo a convertirse.


 - Aquí se encuentra el núcleo de todo el mensaje: el amor de Dios hacia los hombres y hacia las cosas, creándolas y manteniéndolas con vida por la fuerza de su mismo espíritu. Por eso, es un Dios “amigo de la vida” y ese espíritu habita en todas las criaturas. El universo entero aparece, pues, envuelto en la bondad amorosa de Dios, que lo ha traído a la existencia y la conserva. Esta misma actitud es la que vive Dios respecto de los pecadores.

 - Estas reflexiones del Sabio nos van preparando para entender a fondo el mensaje definitivo que nos ofrecerá el Evangelio de Jesús. Toda la creación está animada y sostenida por la fuerza del espíritu de ese Dios y somos invitados a ACOGERLO como el que es: “amigo de la vida”. ¡Cuántas cosas sugiere este “rostro” de Dios! Y… ¡cuántas veces, por desgracia, hemos deformado este rostro! La reflexión del Sabio debe llevarnos a acoger con gozo este anuncio que se va a manifestar plenamente en las obras y palabras de Jesús, amigo de los pecadores, a quienes anuncia la Buena Nueva de este Dios. Lo descubriremos en el evangelio de este día.

 
2 Tesalonicenses 1, 11 – 2, 2

 
“… Pedimos continuamente a Dios que os considere dignos de vuestra vocación, para que con su fuerza os permita cumplir buenos deseos y la tarea de la fe; y para que así Jesús nuestro Señor sea vuestra gloria y vosotros seáis la gloria de él… Os rogamos, a propósito de la última venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestro encuentro con él, que no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras: como si afirmásemos que el día del Señor está encima…”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- El fragmento contiene una oración (1, 11ss) y un ruego dirigido a los tesalonicenses (2, lss). La primera concluye la parte de la acción de gracias; la segunda abre la explicación del apóstol, contenida en la parte central de la carta.

 - Pablo ora para que, también en las fatigas y en las tribulaciones, pueda responder la Iglesia de Tesalónica a la llamada que le ha sido dirigida por medio de un apóstol y que Dios le renueva día a día. La comunidad está invitada a vivir en el orden concreto su pertenencia al señorío de Jesucristo y a traducir su fe en gestos animosos. Ya desde las primeras líneas de su carta, Pablo invita a los tesalonicenses a no huir de las fatigas del presente, por angosto y difícil que sea, y a no dejarse vencer por la tentación de evadirse fuera del tiempo, reclamando como inminente la venida del día del Señor. El nombre del Señor Jesús, que en el presente les procura molestias y penalizaciones, será glorificado sólo si el cristiano lo acepta como propio. La «glorificación del nombre» pasa por la cruz de la prueba y por tomar opciones de vida que cuestan.

 - En la oración pide que sea Dios el que favorezca la plena asimilación entre Cristo y el cristiano. Gracias a la complacencia de Dios, el deseo de bien que nace en el corazón del hombre produce frutos buenos, también gracias a Dios se traduce la fe en testimonio del Evangelio. El apóstol sabe bien que, sin la gracia de Dios, el camino de la comunidad de Tesalónica no llegará lejos.

 - Una comunidad tan joven, en la que Pablo sólo pudo pasar un breve tiempo, está expuesta además a la persecución y a las falsas doctrinas sobre el inminente retorno del Señor. La fuerza y la fascinación que ciertos discursos ejercen sobre los miembros de la comunidad son tan grandes que les hacen perder la cordura. Los instrumentos de persuasión son también múltiples: inspiración, discursos y cartas atribuidas falsamente a la autoridad del apóstol. Respecto a la parusía y a la reunión con Jesucristo, Pablo se ve obligado a repetir la enseñanza de la primera carta que envió a los cristianos de Tesalónica y a completarla a lo largo de esta segunda misiva.

 

CLAVES para la VIDA

 
- También aquellas primeras comunidades cristianas se ven obligadas a vivir en situaciones hostiles a su nueva realidad, de la que el apóstol ha sido portador singular: “manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido…”. Pero no resulta nada fácil. Y es que siempre “lo espectacular”, lo grandioso que conlleva la rumorología es una constante provocación, y fácilmente engañosa para distraerse y perder en fidelidad y autenticidad.

 - “Nuestro Dios os considera dignos de vuestra vocación” (v. 11): aquí radica el punto de partida de la nueva realidad, y es que el mismo Dios les ha convocado a la Nueva Familia en Jesucristo, el Señor. Es la GRATUIDAD por parte de Dios el origen de la nueva condición, de la que participa la comunidad de Tesalónica, pero que es necesario ir progresando y creciendo en la calidad de la vida de fe. El apóstol se muestra preocupado por esta situación.

 - No caer en el estancamiento; más bien, ir progresando y creciendo en la calidad de vida de fe… ¡es la llamada de esta carta del apóstol! Y con plena validez, también hoy y para mí. En esta “cultura” nuestra, se producen rumorologías de todo tipo, pero que especialmente nos invitan a lo espectacular, a lo maravilloso y mágico como la solución a las cuestiones vitales. Aquí vuelve a resonar esa propuesta a la constancia y a la fidelidad, a lo que hemos recibido como don gratuito y transformante de la realidad. Aquí estamos, hermano/a. ¿Cuál es tu actitud HABITUAL? ¿Milagritos, sí o no?

 

Evangelio: Lucas 19, 1-10

 
“... En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús... y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa...  Y dijo al Señor: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más... Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido...”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- El episodio de Zaqueo está casi calcado del precedente (el ciego de Jericó). También aquí se ve interrumpido un movimiento de Jesús (que atravesaba la ciudad) por la iniciativa de un hombre. Esta vez no se trata de un mendigo, sino de un rico publicano; sin embargo, es también un marginado (los publicanos eran despreciados), golpeado asimismo por una inferioridad física (era pequeño de estatura) y, sobre todo, necesitado también de redención. Zaqueo pasa de una curiosidad inicial (ver quién era Jesús: v. 3) a un movimiento (se subió a una higuera: v. 4), a la acción febril y alegre con la que recibió a Jesús en su casa (v. 6) y, por último, a la conversión y al cambio de vida (v. 8).

 - Jesús se detiene, pero en esta ocasión, en vez de una pregunta, dirige a Zaqueo una orden: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa» (v. 5). Zaqueo no pide ningún milagro, exteriormente no parece que se encuentre en ninguna necesidad; sin embargo, Jesús responde a su petición implícita, porque la atención y la premura con las que obra muestran ya el comienzo de la fe. La muchedumbre, con la murmuración en contra de Jesús (v. 7), sirve también aquí de contrapunto, pero no reacciona a la conversión de Zaqueo.

- También este episodio valora la iniciativa humana: el deseo de Zaqueo es algo más que una simple curiosidad: le impulsa a realizar un gesto impropio de un hombre conocido. El poder de Jesús se expresa con su simple presencia y con la palabra: llama a Zaqueo por su nombre (v. 5), y esto basta para suscitar en él la alegría (v. 6), el arrepentimiento y la reparación (v. 8); en pocas palabras, la vida nueva. Con Jesús ha entrado la salvación en casa de Zaqueo, y el mismo Jesús da testimonio de ello.

 
CLAVES para la VIDA

 
- Lucas, el evangelista de la misericordia y del perdón, es el único que nos ofrece el relato de Zaqueo, de sus deseos y búsquedas, de su Encuentro con Jesús y de su conversión y transformación total. También aquí nos volvemos a encontrar con un hombre cansado de su situación personal y de vida como recaudador de impuestos y vendido a los romanos. Y vuelve a surgir en él el deseo de otra cosa, y es que necesita de la salvación. “Se subió a una higuera” (v. 4) es la expresión de su deseo.

 - Nuevamente, Jesús, atento a los que le desean y quieren el don del que es portador su persona, es capaz de acercarse a Zaqueo, de proponerle “alojarme en tu casa”, de aceptar las disposiciones que presenta este pobre hombre a pesar de las murmuraciones de los “santones” y ofrecerle el don de la salvación. Y es que él se siente enviado a salvar lo que estaba perdido. Es su MISIÓN; por lo tanto, es la voluntad de Dios Padre para con nosotros. Las obras y palabras de Jesús revelan al Padre.

- ¡Cuántas veces he leído y reflexionado sobre este relato y cuánto me cuesta, más que entender, el ACEPTAR el proceder de Jesús y de Dios! ¡Qué complicado vivir en profundidad (no tanto teóricamente) su estilo, sus formas, su proximidad a cuantos le buscan, aunque sea mínimamente! ¡Que HOY llegue la salvación a mi vida y a mi corazón! ¡También a ti, hermano/a!

jueves, 31 de octubre de 2013


1 de Noviembre: TODOS LOS SANTOS
                                                                                                                
-Solemnidad-

 
Apocalipsis 7, 2-4. 9-14

 
“... Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello de Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar, diciéndoles: «No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que marquemos en la frente a los siervos de nuestro Dios»... Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel. Después, vi una muchedumbre inmensa... Y gritaban con voz potente: «¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!»... Y uno de los ancianos me dijo: «Ésos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?». «Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero»...”

 
CLAVES para la LECTURA

 

- Sólo «el retoño de David» (Ap 5, 5) puede deshacer los sellos que cierran el libro. El sexto sello se corresponde con la visión de un terrorífico trastorno cósmico, bruscamente impedido por un misterioso ángel que viene de oriente y anuncia la salvación «a los servidores de nuestro Dios» (v. 3). Los cuatro ángeles encargados de destruir la tierra tienen que detenerse y esperar a que marquen con el sello la frente de los elegidos: el «resto» de los hijos de Israel, doce mil por cada una de las doce tribus. La imagen evoca el Éxodo, cuando el ángel exterminador «pasó de largo» (Ex 12) por las casas de los judíos untadas con la sangre del cordero.

 - Concluido el listado de los marcados, habría que esperar la destrucción. En cambio, inesperadamente irrumpe en la escena una muchedumbre incalculable, que desborda los confines étnicos de Israel: la salvación alcanza a todos los pueblos y naciones, caracterizados por los blancos vestidos del bautismo y las palmas del martirio. Esta muchedumbre inmensa se une al «resto de Israel» y juntos alaban a Dios y al Cordero. Los ángeles, los ancianos y los cuatro vivientes están postrados delante del trono de Dios.

 - Uno de los ancianos se dirige al vidente preguntándole: «¿Quiénes son éstos?» y ofreciéndole, posteriormente, la respuesta: son los que vienen de la persecución y el martirio (vv. 13ss). Quizá se trate de la persecución de Domiciano, prototipo de todas las tribulaciones que en cualquier tiempo y lugar puedan afligir a los creyentes. Es el testimonio de la fe y, sobre todo, de la sangre redentora de Cristo.

 
CLAVES para la VIDA

 
- “Abrir los sellos” es lo mismo que revelar un sentido a la historia. Y aquí lo pretende. Se trata del Imperio romano, con apariencia de solidez y de duración casi perpetua. Resulta que las pequeñas comunidades cristianas se atreven a desafiar dicha solidez no insertándose en la mística imperial y de sometimiento. Al contrario, apoyado en la fe en el futuro, el profeta-poeta de Patmos alza la voz de la esperanza cristiana y comienza a describir poéticamente el mundo soñado por los creyentes: por encima de las pretensiones humanas es siempre posible la salvación de Dios.

 - En el marco de una gran liturgia celestial, se proclama la soberanía de Dios, y del Cordero y de sus seguidores; aquí se superan las fronteras y se elimina toda discriminación entre los pueblos y entre los hombres, ya que esa salvación está abierta a todos. Y todos a una alaban el triunfo del Cordero y de los que han optado por seguir sus huellas, aunque sea compartiendo hasta el martirio. Ésta es la esperanza que les mantiene en la fidelidad hasta el final.

 - Se me ofrece y posibilita descubrir el secreto y la fuerza de los testigos de Jesús, incluso llegando hasta el derramamiento de su sangre. La palabra clave es la FIDELIDAD ante las situaciones hostiles que se producen, entonces y ahora; entonces de un estilo, y hoy de estilo diferente, pero con consecuencias similares. La convicción de que la salvación de Dios tiene una fuerza superior a cualquier otra realidad, es el GRAN MOTIVO de esperanza. En momentos difíciles como los actuales, no está de más escuchar esta invitación a la esperanza y experimentar que las promesas se hacen realidad. ¿De acuerdo, hermano/a?

 
1 Juan 3, 1-3

 
“... Queridos hermanos: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a Él. Queridos: ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es...”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- Ya hemos oído anunciar, en el evangelio de san Juan, la posibilidad de que alguien renazca «del agua y del Espíritu» como condición para entrar en el Reino de Dios (Jn 3, 5). Estas palabras proceden de la misma experiencia que se refiere en el fragmento de la primera carta de Juan. Hablar de filiación divina equivale a reconocer que esta posibilidad es real en la vida de cada cristiano y de cada cristiana («y en verdad lo somos»: v. 1).

 - La justificación de esta conclusión procede, en el fragmento que nos presenta la liturgia, de la constatación de que «ser cristiano» coincide con «conocer a Dios». El conocimiento de Dios no afecta sólo a la esfera intelectual, ni siquiera únicamente al comportamiento moral, sino que se convierte en la realidad que sirve de soporte a la misma existencia, pues no es posible conocer a Dios y permanecer extraños a él. Más aún, el conocimiento de Dios tiene que ser vivido antes que nada como un don, puesto que el mundo «no lo ha conocido a él» (v. 1). No hay ninguna otra posibilidad de conocer a Dios, sino que él mismo se revele, que entre en comunión con nosotros.

 - Nuestro ser hijos e hijas de Dios por gracia constituye un camino progresivo, a cuyo término se nos dice que veremos a Dios «tal cual es» (v. 2). Como es evidente, no podemos precisar mejor el misterio de Dios ni comprender a qué se refiere exactamente esta expresión. Con todo, sí podemos comprender que nuestra mirada, en la visión, estará completamente penetrada y transformada por aquel a quien veremos, sin mediación de criatura alguna, sino totalmente penetrados por el amor que nos ha engendrado.

 
CLAVES para la VIDA

 
- En esta fiesta tan cargada de visión de futuro, se nos sigue ofreciendo la NUEVA PROPUESTA, la definitiva, porque quien acepta a Jesús vive un nuevo nacimiento y es llamado a ser como el Padre. Ésta es la nueva moral que se nos propone. Ha sido superado el antiguo planteamiento; éste es el nuevo camino para la vida.

 - Además, entramos a formar parte de una NUEVA familia: “somos ya hijos de Dios” (v. 2). Esta es la espiritualidad que alimenta la vida del creyente. ¡Cuántos hombres y mujeres, hoy, sin haber experimentado este regalo de Dios! Nosotros, quienes hemos tenido la suerte de conocerlo, descubrirlo y experimentarlo, tenemos una inmensa tarea: que los hermanos sepan y lo disfruten.

 - Es bueno que se nos recuerde, desde diversos ángulos y puntos de vista, la NUEVA REALIDAD que se nos da gratuitamente. Es necesario ser conscientes de ello: es gratis, sin ningún merecimiento de nuestra parte. ¡Inmenso...! Pero que conlleva un compromiso vital y existencial de comunicarlo a tantos otros hijos (y hermanos) que lo desconocen y, por eso mismo, no lo saborean ni disfrutan. ¡Queda tarea por realizar...!

 
Evangelio: Mateo 5, 1-12a

 
“... Subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos; y Él se puso a hablar enseñándolos: «Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que lloran porque ellos serán consolados. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán “los hijos de Dios”. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo…”

 
CLAVES para la LECTURA
 

- El evangelio según Mateo puede ser estructurado en torno a cinco grandes discursos que acompasan el discurrir de los capítulos. El primer gran discurso, que tiene su comienzo en este fragmento, amplifica y despliega el anuncio profético originario de Jesús: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 4, 7; 3, 2; 10, 7). Es como una gran incrustación en la que temas y palabras se reclaman formando un cuadro global de gran efecto.

 - En nuestro fragmento se puede subrayar, en primer lugar, la fórmula de las bienaventuranzas: todas están construidas siguiendo un modelo semejante. Se parte de la proclamación de la bienaventuranza, que se dirige siempre a categorías «débiles» en la historia, para anunciar que esta debilidad está puesta en las manos de Dios (éste es el sentido de la forma pasiva y del tiempo futuro de los verbos). En todas ellas, en efecto, la promesa contenida en la segunda parte corresponde a la expectativa de la primera. A los que lloran les corresponde el consuelo de Dios (v. 4); a los humildes, Dios les entregará la tierra (v. 5); a quienes tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios (de justicia, según otras traducciones), Dios los saciará; con los que tienen un corazón misericordioso, Dios se mostrará misericordioso (v. 7); se mostrará plenamente transparente a los que tienen limpio el corazón (v. 8); tomará como hijos e hijas a quienes construyen la paz (v. 9).

 - De este esquema general se apartan, en cierto modo, la primera y la octava bienaventuranzas, que forman una gran inclusión, puesto que ambas prometen a «los pobres en el espíritu» (v. 3) y a «los perseguidos por hacer la voluntad de Dios» (la justicia, según otras traducciones) (v. 10) el Reino de los Cielos. Estas dos bienaventuranzas adquieren así una densidad especial, mientras que la última aplica este anuncio evangélico a la situación de persecución por la que pasa la comunidad cristiana (vv. 11ss). El «Reino de los Cielos» se convierte de este modo en el código que permite comprender las bienaventuranzas y, además, todo el Evangelio (a título de ejemplo, las parábolas que se encuentran en Mt 13).

 - Finalmente, podemos subrayar el hecho de que haya una última expresión ligada al Reino de los Cielos: se trata de la expresión «voluntad de Dios» («justicia», según otras traducciones) (5, 10; 6, 33). Su sentido no corresponde a ninguna actitud legalista, que, en 5, 20, está incluso condenada expresamente. Voluntad de Dios o justicia remiten, aquí y en otros lugares, al designio del Padre sobre la historia y a la transformación que Dios mismo provoca en la misma; de ahí que la exhortación final de esta primera parte del evangelio, a primera vista excesiva, sea en realidad anuncio de la verdad del cristiano como hijo de Dios: «Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (v. 48).

 
CLAVES para la VIDA

- Nos encontramos en el “Sermón de la montaña”, donde Jesús comienza su tarea de MAESTRO y, como “primera lección”, ofrece las exigencias éticas de todo su planteamiento, de su Buena Nueva y lo que supone su seguimiento. Jesús, pues, es presentado como el nuevo Moisés, fundador de un nuevo pueblo, a quien ofrece su proyecto. Por eso, el monte de las Bienaventuranzas es el eco del monte Sinaí. Aquí todo alcanza su plenitud.

 - El núcleo del mensaje es presentar la “LÓGICA” de Dios, ya que -aunque parezca extraña- éste es el modo de ver y de actuar de Dios. Por eso, aquí se nos ofrece la Carta Magna del Reino: Dios opta por los aparentemente débiles y marginados para este mundo. Dios se pone del lado de aquellos que son menospreciados y no valorados. Además, éste es el camino de la plena felicidad. Sólo el Mesías esperado puede proclamarlas con sentido y en toda su validez.

 - Efectivamente, aquí me encuentro con la Carta Magna para mi vida de participante activo del Reino. Muchos son los interrogantes que me propone la escucha y meditación de este proceder de Dios y que Jesús las vivió de forma intensa. En el fondo me surge la pregunta base: ¿está mi vida bien planteada para alcanzar la felicidad, la que me proponen las Bienaventuranzas? ¿Tú qué dices, hermano/a? ¡Ser signos de este Reino es la tarea, hoy y siempre!

sábado, 26 de octubre de 2013


DOMINGO, día 27 d Octubre
                                                                                 
 

Eclesiástico 35, 12-14. 16-18

 
“… El Señor es un Dios justo que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansa; no ceja hasta que Dios le atiende y el juez justo le hace justicia…”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- El autor de este fragmento sapiencial -que se remonta al siglo II a. de C.- propone una enseñanza que tiene que ver, al mismo tiempo, con Dios y con el orante.

 - Presenta al Señor como juez sumamente justo que no hace acepción de personas y se inclina benévolo hacia los pobres, como atestigua de manera repetida el Antiguo Testamento en las llamadas leyes humanitarias. Dios mismo es vengador del huérfano y de la viuda (Ex 22, 21ss). Afirma también, por boca del profeta Isaías, que se inclina hacia quien teme su nombre y se confía a él con humildad: «El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies. Yo me fijo en el humilde y abatido que tiembla ante mi palabra» (Is 66, 1. 2b).

 - Si Dios se pliega hacia el humilde, la Escritura muestra que la oración del pobre sube hasta él. Y así, a través de este movimiento de búsqueda recíproca entre Dios y el hombre, nos parece vislumbrar -entre el cielo y la tierra- la cruz en la que Jesús, el verdadero humilde y pequeño, se eleva, como oración perfecta, hacia el rostro del Padre, que espera hacer uso de su misericordia.

 
CLAVES para la VIDA

 
- El sabio recoge la experiencia de la espiritualidad de su pueblo a través de la historia. En primer lugar, que Dios es justo y no puede ser de otra forma. Y si en algún caso pudiera parecer que no es justo, es porque se pone a favor de los débiles y de los más pobres. Así es la justicia de Dios; así es el Dios de Israel. También los profetas profundizarán en esta dimensión especial y significativa y que marca toda la historia de Israel, y cómo no, toda su espiritualidad.

 - Y, en segundo lugar, “no desoye los gritos del huérfano o de la viuda…”; esto es, la súplica y la oración del pobre y desvalido siempre tienen una acogida plena y total por parte de Dios. Cuando esa oración va acompañada por la humildad y la perseverancia, entonces la acogida, por parte de Dios, está garantizada, según la experiencia del sabio. De ahí su invitación a mantenerse en esa doble actitud de humildad y perseverancia.

 - Sencilla reflexión la del Sabio, válida también para nosotros; pero profunda por cuanto conlleva. Es la invitación a la experiencia original (que supone un encuentro) y originante (en cuanto se convierte en fuente de otras experiencias). Cuando se unen las dos actitudes, la de la humildad y la perseverancia, todo es posible. Porque Dios, en su justicia, no puede menos de acoger la súplica incesante. Esta reflexión del Antiguo Testamento nos prepara para acoger el mensaje convencido de Jesús en el evangelio; Él que lo vivió tan intensamente y de forma tan singular. Hermano/a, a esto somos invitados.

 
2 Timoteo 4, 6-8. 16-18

 
“… Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día… El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su Reino del cielo…”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- Este fragmento de la segunda carta de Pablo a Timoteo se muestra rico y denso de inspiración. El apóstol expresa el presentimiento de su muerte inminente con dos imágenes. Una de ellas está tomada del culto; la otra, de la navegación. La primera es la «libación», es decir, el acto de verter aceite, vino o agua sobre la víctima antes de ser inmolada (Ex 29, 40; Nm 28, 7), a fin de conferirle un claro valor sacrificial. La segunda es el acto de «desplegar las velas»: la nave, por fin dispuesta para zarpar, se abandona al mar abierto. Las imágenes que vienen a continuación, tomadas de los usos deportivos y militares, acentúan la vida cristiana como lucha.

 - Pablo repasa en particular su propia experiencia apostólica como un combate «bueno» (literalmente, kalós, «bello»): noble, victorioso, desarrollado correctamente. «He concluido mi carrera, he guardado la fe», dice aún el texto, ofreciendo a través del paralelismo una asociación en la que vibra una nota de poesía en el texto griego. Por último, el Señor le dará a él, que ha guardado con fidelidad la «tradición» que le había sido confiada, la «corona de salvación» reservada «a todos los que han amado (así debe traducirse al pie de la letra egapekosi) con amor su venida gloriosa» (v. 8).

 - Por último, en los vv. 16-18 Pablo se refiere a la primera audiencia del proceso en el que, compareciendo como un «malhechor», fue abandonado por todos. El apóstol revive la experiencia de Jesús y, como él, perdona sin tener en cuenta el mal recibido. Sin embargo, el Señor no ha abandonado a su fiel ministro, pues todo ha concurrido al anuncio del Evangelio y al bien de los elegidos.

 
CLAVES para la VIDA

 
- El gran testigo, que es el apóstol Pablo, abre su corazón y muestra su experiencia de vida, la que ha llevado a cabo como un “buen combate”. Tras su encuentro con el Señor Jesús, él se ha puesto a su servicio con todas sus fuerzas y ha “corrido hasta la meta”. Está tan seguro de su Señor, que ahora mismo está convencido de recibir de Él la corona de gloria de los que han sido fieles. Ésta es la “lectura” que realiza de su propia vida.

 - “El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje”: aquí están las dos claves de la vida del apóstol. Por un parte, ha sido el Señor el “motor” y la fuerza de Pablo en la tarea del anuncio; no han sido sus fuerzas, sino que tienen su origen en el mismo Señor Jesús. Y, en segundo lugar, el objetivo ha sido, no cualquier cosa, sino anunciar “íntegro el mensaje”, la Buena Noticia de la que se siente portador. Desde aquí se entiende plenamente la vida de este inmenso testigo.

 - Una vez más, este enorme testigo nos vuelve a recordar lo que es esencial, también en nuestra vida. Antes que nada, el ENCUENTRO con el Señor Jesús, que todo lo transforma desde la misma raíz, desde dentro. A partir de ahí, se entiende el combate hasta la extenuación y la entrega total. Eso sí, apoyado totalmente no en las propias fuerzas, sino en las que provienen del mismo Señor resucitado. Y, todo ello, con vistas a anunciar incansablemente la Buena Nueva. ¡Todo un PROGRAMA de VIDA, si quiero asumir cuanto se me propone! Hermano/a, ¿cómo andamos de EXPERIENCIA, la vital, la que mueve todas nuestras capacidades…? ¡Es la tarea!

 
Evangelio: Lucas 18, 9-14

 
“… Subieron al templo a orar: Un fariseo y un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano; ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido…”

 
CLAVES para la LECTURA

 
- Este fragmento del evangelio de Lucas es conocido como la parábola del fariseo y el publicano, aunque sería mejor hablar, en este caso, más que de «parábola» de un «relato ejemplar». En él se nos ofrece una enseñanza sobre las condiciones interiores de la oración.

 - El fariseo pertenece a la secta de los «separados», de los «puros», de aquellos que se habían arrogado la tarea de representar, con la observancia estricta de los mandamientos y la multiplicación de las obras, al verdadero Israel, a la comunidad del tiempo de la salvación. Todo lo que dice el fariseo de sí mismo es verdadero, pero precisamente esta «justicia» es lo que le vuelve impuro ante Dios, porque se considera autorizado a juzgar a los otros y a sentirse superior a ellos.

 - El publicano -el odiado recaudador de los impuestos para el Imperio romano- se encuentra verdaderamente en una situación de pecado. Lo manifiesta asimismo en su actitud exterior. No se atreve a avanzar en el templo ni a levantar los ojos al cielo. Se golpea, en cambio, el pecho en un gesto que manifiesta su conciencia del mal que se esconde en el corazón humano.

 - La oración de cada uno de los dos hombres expresa su vida: la autosuficiencia de una pretendida justicia que hace al que así reza superior a los otros y se expresa a través de un extenso elenco de méritos; el pecado que nos hace pequeños ante Dios y los hermanos y que no tiene más palabras que la invocación: «Piedad». Sabemos quién fue grato a Dios y quién es entrañable a su corazón...

 
CLAVES para la VIDA

 
- Con qué claridad nos presenta esta parábola los dos estilos de plantearse todo: la vida, la relación con Dios, la salvación, la relación con los demás... Dos estilos muy diversos y que conllevan dos planteamientos completamente diferentes: cumplidor intachable el uno, que además se erige en juez implacable de los demás; pecador y pobre el otro, que lo que hace es llamar a la puerta del Reino golpeándose humildemente el pecho. Y curiosamente se le abre la puerta. ¡Vamos...!

 - La gran diferencia está en que el primero, aunque cumple, no ama, está lleno de su propia bondad; no necesita de nada ni de nadie: tampoco de Dios. El otro, el pecador, se abre al perdón y a la salvación que le viene de fuera, de lo alto, del mismo Dios; se humilla, pero con confianza, sabe que lo mejor está por acontecer en su vida, y que “eso mejor” viene de Dios.

 - ¡Qué gran lección para hoy, para mí, para nosotros, para siempre! Dos formas de plantear la vida y cuanto en ella se nos ofrece: o dejarle actuar a Dios, para que la redima y la salve desde la raíz; o arrinconarle como “trasto inservible”, porque me basto a mí mismo. Y aunque suena fuerte, ese actuar no está tan ausente de nuestras vidas. ¿Seré capaz de examinar a fondo mi vida y dejar que Él cure mis males? ¡Buen ánimo, hermano/a!